NOTA DE PRENSA N° 283

📷 Portada: Estudiantes etíopes en la Isla de la Juventud. Fuente: Facebook Somos Archivos DGE-Isla de la Juventud (2025).

Educación internacional en Cuba, deuda de gratitud, geopolítica y soft power.

El pasado 26 de mayo se constituyó la Red de Graduados Internacionales de la Educación Superior Cubana, durante el I Festival de Estudiantes Africanos Graduados en Cuba, celebrado en Etiopía. En principio, este nacimiento se había programado en el seno del Congreso Internacional 2026, como un homenaje más al centenario del nacimiento de Fidel Castro; sin embargo, fue cancelado debido a las restricciones energéticas en la Isla. Como representantes del Ministerio de Educación Superior (MES), estuvieron presentes en el acto virtual su viceministro Reynaldo Velázquez Zaldívar, así como directivos y especialistas de la Dirección de Relaciones Internacionales de este organismo, quienes trasmitieron el mensaje de bienvenida enviado por Walter Baluja García, Ministro de Educación Superior.

Según el MES, la RED surge como una asociación de profesionales y una expresión viva de la diplomacia académica, científica y solidaria de la nación, sustentada en la educación como un bien público y un derecho humano universal, bajo los principios de solidaridad, cooperación, defensa de la soberanía y promoción de la paz. Con su sede central en la Dirección de Relaciones Internacionales de este ministerio y subsedes en cada universidad de egreso, tiene como objetivo impulsar alianzas académicas, científicas, tecnológicas y culturales; proyectos internacionales de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i); y programas de formación de pregrado y posgrado.

Directivos y especialistas del MES en el acto de inauguración virtual de la RED. Fuente: MES (2026).

Sin embargo, los más de 66 000 profesionales procedentes de 163 nacionalidades que se han graduado en las aulas universitarias cubanas desde el triunfo de la Revolución, no deben verse únicamente como un ejercicio de asistencia humanitaria o solidaridad internacionalista; deben analizarse como una herramienta de política exterior diseñada para la construcción de capital simbólico y político.

En el escenario de las relaciones internacionales contemporáneas, la capacidad de un Estado para influir en el comportamiento de otros actores no depende solo de la coerción militar o la presión económica (hard power), sino también de su capacidad de atracción y persuasión a través de la cultura, los valores políticos y la cooperación técnica (soft power). Para Cuba el uso de la educación internacional ha constituido uno de los pilares más resilientes de su diplomacia. Al formar a las élites técnicas, médicas y políticas de diversas naciones —particularmente en África, América Latina y el Caribe—, el país ha logrado establecer vínculos de lealtad y dependencia técnica que trascienden las fronteras geográficas, creando una red de “embajadores informales” que validan el modelo de desarrollo cubano.

El uso de la educación como soft power no es un fenómeno aislado, sino un componente de la proyección del país en el sistema internacional. Para autores como Alexander Wendt, las identidades y los intereses de los Estados no son dados; se construyen a través de la interacción social. Por tanto, la educación internacional permite que un Estado “construya” la identidad de los futuros líderes de otros países, con una alta probabilidad de que adopten las normas, valores y visiones de la nación en cuyas universidades se formaron.

La sociología de Pierre Bourdieu plantea, por su parte, que la educación internacional endosa, además, un tipo específico de “capital cultural” (lenguaje, modales, códigos de pensamiento, estética) y aquel con el estándar de “educación de calidad” dicta lo que el resto del mundo debe aspirar a ser. Asimismo, a través de la movilidad académica se moldea el habitus (esquemas de percepción y acción) de los estudiantes, lo que genera una alineación invisible. En este orden de ideas, coincide con el pensamiento de Wendt sobre la tendencia de los profesionales formados en el extranjero a replicar las estructuras sociales y políticas de la nación que les otorgó el prestigio académico.

Por su parte, la teoría del soft power de Joseph Nye establece que la educación trasmite el estilo de vida y los valores de una nación; los modelos de gobernanza y derechos ciudadanos se enseñan como estándares universales; y la cooperación educativa se emplea para validar la agenda diplomática de un Estado. Elementos todos que Cuba utiliza a su favor al exportar un modelo de servicios sociales (salud y educación) como alternativa viable al modelo neoliberal.

Así, durante las primeras décadas de la Revolución, la formación de estudiantes extranjeros no operó bajo una lógica de mercado, sino bajo el paradigma de la solidaridad internacionalista y la geopolítica de bloques. En este período, la educación fue una extensión directa de la política de defensa y expansión de la influencia socialista en el hemisferio occidental y el Tercer Mundo.

Alumnos etíopes en la escuela “Batalla de Karramarra”, Isla de la Juventud (c. 1978). Fuente: Página de Facebook Isla de la Juventud (2018).

Tras el proceso de descolonización en África y el fortalecimiento de los movimientos de liberación nacional, Cuba identificó una oportunidad estratégica para proyectar su influencia. La formación de estudiantes provenientes de naciones como Angola, Mozambique y Etiopía no fue un acto de filantropía aislada, sino un componente integral de la asistencia militar y política que la Isla brindaba en esos territorios. Al educar a los futuros cuadros técnicos y políticos de los nuevos Estados, aseguraba que la infraestructura estatal de estas naciones estuviera vinculada con la visión cubana y socialista de desarrollo.

Fidel Castro junto a estudiantes de Mozambique en Cuba. Fuente: Radio Caribe (2024).

De acuerdo con un reporte del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH):

para el curso 1987-1988, se reportaron 13 520 estudiantes de 22 países africanos en los cursos de primaria, media y politécnica. De Asia, fue Yemen el país que más alumnos envió. Corea del Norte reportó la menor cantidad (350) de ese continente y en ese período. En términos globales, para el mismo período, América Latina envió la menor cantidad de estudiantes (1 510). De estos, la mayoría eran nicaragüenses. “El año 1982 fue el período con más estudiantes extranjeros al computar 22 197, de los cuales 12 430 eran varones y 9 767 hembras […] En el curso 1987-1988 […] En total ascendían a 15 370, aunque en 1988 se produjo un nuevo incremento a 18 600, procedentes de 37 nacionalidades” […].

A la par, el flujo de estudiantes provenientes de naciones amigas le permitió posicionarse como un nodo educativo relevante en la región. Sin embargo, la característica distintiva de este período fue la socialización política. El currículo cubano, profundamente influido por el materialismo histórico, garantizaba que el estudiante extranjero adoptara la retórica de la lucha contra el imperialismo. Este “capital ideológico” fue el principal producto diseñado para crear una red de aliados que defendieran la legitimidad del sistema cubano en foros internacionales.

Un ejemplo notable del éxito de esta estrategia lo constituye David Choquehuanca Céspedes, activista indígena y canciller boliviano. En 1985, el gobierno cubano le concedió una beca de estudios en la Escuela Nacional de Formación de Cuadros Niceto Pérez, donde recibió una formación netamente marxista. En 2006, fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores por el presidente de Bolivia, Evo Morales, cargo que desempeñó hasta 2017, cuando pasó a ocupar por los próximos dos años la Secretaría General de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP). En 2020, fue elevado a la vicepresidencia del país en el gobierno de Luis Arce. Durante su período como ministro de Relaciones Exteriores, Choquehuanca trabajó por estrechar los lazos bilaterales y la cooperación con Cuba; labor que continuó desde su puesto en el ALBA, impulsando las relaciones políticas y de integración con La Habana. Incluso, en 2023, ya como vicepresidente, presentó en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) su libro Geopolítica del vivir bien, reafirmando sus lazos con las instituciones políticas y académicas cubanas.

David Choquehuanca Céspedes y el presidente cubano Miguel Díaz-Canel, con motivo del Encuentro Antimperialista de Solidaridad, por la Democracia y contra el Neoliberalismo, en La Habana. Fuente: Siempre con Cuba (2019).

Asimismo, familiares de figuras vinculadas con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) cursaron estudios universitarios en Cuba. Este el caso de los hijos de Luis Edgar Devia Silva, conocido como Raúl Reyes, quien refirió en una misiva que tanto Andrés como Andrea se habían licenciado como psicólogos, con una maestría en Psicología Clínica, por la Universidad de La Habana. De igual modo, Nicolás Garzón, hijo de Angelino Garzón —dirigente sindical de la Central Unitaria de Trabajadores y luego vicepresidente de Colombia (2010-2014)—, estudió en Cuba, siendo graduado por la Facultad de Medios Audiovisuales, perteneciente a la actual Universidad de las Artes.  

A finales de la década de 1980 e inicios de los años 90, la disolución de la Unión Soviética y el colapso del modelo de subsidios de la URSS sumieron a Cuba en una crisis económica sin precedentes hasta entonces. A partir de ese momento, el cambio sistémico obligó al Estado a redefinir sus estrategias de soft power, transitando de un modelo basado en la solidaridad ideológica a uno de cooperación técnica financiada.

Con la pérdida de los subsidios soviéticos, el gobierno cubano comprendió que la educación internacional podía transformarse en una de las principales fuentes de ingreso de divisas extranjeras. La educación dejó de ser exclusivamente un “regalo” político para convertirse en un servicio de alta calidad con un componente mercantil. Se produjo una bifurcación estratégica: mientras se mantenían las becas para países de la zona de influencia política (África y Latinoamérica), se abrieron programas de pago para estudiantes de naciones con economías más estables.

Estudiantes extranjeros en la escalinata de la Universidad de La Habana. Fuente: Granma (2015).

El elemento más disruptivo de esta transición fue la especialización en Ciencias Biomédicas. La creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en 1999 marcó un hito en la diplomacia educativa cubana. La ELAM permitió a Cuba captar a estudiantes de sectores desfavorecidos de todo el mundo, bajo la premisa de que la medicina sería una herramienta de transformación social en sus países de origen.

Desde la perspectiva del soft power, este movimiento le permitió a Cuba:

  • legitimación técnica al demostrar que podía producir profesionales de alto nivel con recursos limitados, desafiando el paradigma de la exclusividad de las potencias occidentales sobre la calidad educativa;
  • red de influencia sanitaria con la formación de médicos que luego trabajarían en zonas rurales o de escasos recursos en sus países, insertando el modelo cubano de atención primaria de salud en el tejido social de otras naciones, con lo cual generaba una deuda de gratitud y una afinidad política orgánica;
  • mitigar el aislamiento, ya que la presencia de miles de estudiantes extranjeros en las universidades cubanas funcionó como una barrera contra el discurso anticubano y proyectó la imagen de nación acogedora, generosa y académicamente competitiva.

Ya en la última década, el modelo de educación internacional cubano ha intentado adaptarse a un entorno globalizado, caracterizado por la digitalización de la enseñanza y la necesidad de diversificar sus mercados más allá de los tradicionales. En este entorno, ha reforzado su narrativa de “cooperación Sur-Sur”, tratando de venderse como un país que ofrece soluciones adaptadas a las realidades de las naciones en desarrollo. Al ofrecer formación técnica y médica bajo un modelo de “transferencia de conocimientos” y no de “asistencia subordinada”, Cuba mantiene su relevancia en la agenda de organismos internacionales y bloques regionales como la CELAC. Estrategia con la que busca diferenciarse de la ayuda al desarrollo de las potencias occidentales.

En estos últimos años, el mayor desafío contemporáneo ha sido la transformación digital, ya que el modelo de soft power educativo, tradicionalmente dependiente de la presencia física del estudiante en la Isla para un contacto cultural directo, se enfrenta ahora a la presión de la educación virtual. En este contexto, las limitaciones de la infraestructura tecnológica es uno de los principales obstáculos para esta expansión. Por ello, todavía está por determinarse si la capacidad de Cuba para exportar su conocimiento a través de plataformas digitales podrá seguir manteniendo su cuota de influencia en un mundo donde el aprendizaje ya no requiere la movilidad geográfica.

No obstante, para comprender la magnitud del impacto de la educación cubana como herramienta de poder, es necesario evaluar tanto sus éxitos como sus tensiones internas.

El éxito más tangible del modelo es la creación de una red de influencia orgánica. A diferencia de otras potencias que utilizan el poder económico para comprar lealtades, la Isla ha utilizado el poder educativo para generar un capital de gratitud. Los profesionales formados en el modelo cubano suelen regresar a sus comunidades como embajadores de la marca “Cuba”, facilitando luego la entrada de misiones médicas y acuerdos de cooperación técnica. Este ciclo de retroalimentación es la esencia de un soft power altamente eficiente y de bajo coste comparativo.

Sin embargo, el modelo no está exento de tensiones éticas y políticas. Existe una tensión constante entre el discurso de la “educación como derecho social” y la realidad de la “educación como producto de exportación”, con un equilibrio, que no siempre logra mantenerse, entre la misión de educar gratuitamente a los más pobres y la necesidad imperativa de recaudar divisas a través de estudiantes que pagan matrícula. Asimismo, la expansión masiva de programas para satisfacer la demanda de ingresos puede poner en riesgo los estándares académicos.

Por otra parte, la excesiva dependencia de la exportación de servicios (médicos y educativos) crea una vulnerabilidad económica. Si el modelo de exportación de servicios profesionales flaquea, la capacidad de financiamiento de la propia educación nacional se ve comprometida.

Desde un punto de vista comparativo con la Unión Europea, Estados Unidos o China, es necesario entender que el uso de la educación internacional como soft power varía según el modelo de Estado (ideológico o liberal) y el objetivo estratégico (diplomacia de valores o diplomacia de solidaridad/supervivencia). Por tanto, la diferencia fundamental radica en el núcleo del mensaje que cada potencia intenta proyectar a través de la educación; por ejemplo, mientras que Estados Unidos se vale de ella para que el mundo quiera “ser como ellos” y China para que se “use su tecnología”, Cuba la utiliza para validar “su existencia y su modelo de resistencia” frente al sistema global.

Reencuentro en la Isla de antiguos estudiantes del Tercer Mundo, graduados en Cuba, con motivo de la celebración del cuadragésimo aniversario de las Escuelas Internacionalistas. Fuente: Mesa Redonda (2017).

En otras palabras, Estados Unidos utiliza un modelo de atractivo y consumo. Su educación proyecta el ideal del éxito individual y la libertad de pensamiento, con el mensaje de que el conocimiento y el estatus se alcanzan a través de su modelo de vida. Por su parte, China se apoya en un modelo pragmático de desarrollo. No busca convertir a los alumnos en “chinos”, sino en expertos capaces de utilizar la tecnología y la infraestructura nacional para el crecimiento de sus propios países. En tanto la Unión Europea se basa en un modelo normativo. Su objetivo es que la educación sirva para estandarizar valores, leyes y procesos técnicos, facilitando la integración de los estudiantes en un marco de reglas comunes. Frente a lo anterior, Cuba opera bajo un modelo de solidaridad y compromiso político. Su educación no busca vender un estilo de vida, sino una postura ante el mundo: la defensa de la soberanía y el “servicio social” como forma opuesta al “mercantilismo”, donde el valor exportado radica en la “asistencia técnica”.

Por otra parte, la segmentación de los estudiantes refleja las ambiciones geopolíticas de cada actor. Estados Unidos busca la élite global disruptiva, se dirige a los futuros líderes de opinión, científicos y empresarios que, al pasar por sus universidades, adoptan la mentalidad de mercado global. China, a su vez, apunta a las élites de países en desarrollo. Su interés está en los tecnócratas y arquitectos de las naciones integradas en la “nueva ruta de la seda”,[1] asegurando que el desarrollo técnico de esos países sea compatible con el chino. Entretanto, la Unión Europea tiene un enfoque de masificación y movilidad, dirigido a un amplio espectro de la población estudiantil mundial para crear una clase media global familiarizada con los estándares europeos. A diferencia, la estrategia de Cuba es selectiva y de nicho, enfocada en las élites técnicas y políticas del Sur Global, con el objetivo de formar a quienes ocuparán cargos de decisión en áreas clave de esos países.

Igualmente, los métodos de implementación varían entre la ayuda directa y la oferta de servicios. Mientras Estados Unidos utiliza su prestigio institucional con las universidades de élite (Ivy League) y programas de intercambio de alto perfil (Fulbright) que actúan como vitrinas de su poder cultural; China apela a la transferencia tecnológica y a los institutos culturales, vinculando el aprendizaje del idioma y la cultura con la capacidad de construir infraestructura moderna a través de los Institutos Confucio y becas de ingeniería; y la Unión Europea hace uso de la movilidad académica y la estandarización, con el programa Erasmus+ y el Bologna Process como sus mayores activos, permitiendo que la influencia se ejerza mediante la convivencia y el cumplimiento de criterios de calidad comunes; Cuba se aprovecha de las becas de formación técnica y la cooperación Sur-Sur para formar profesionales en áreas de necesidad crítica que actúan como puentes de cooperación estatal.

Estas diferencias hacen que el tipo de poder generado sea distinto en cada caso. El de Estados Unidos resulta cultural e individualista a través del deseo de pertenecer a su sistema y de consumir su cultura. En el caso de China, es institucional y de dependencia, haciendo creer a los países que el camino hacia el progreso pasa por la tecnología y el modelo de desarrollo chino. La Unión Europea, sin embargo, despliega normatividad, buscando que el mundo adopte sus estándares de calidad, leyes y procesos como la norma universal. Por último, en Cuba, el poder es relacional y moral, creando “deudas de gratitud” y una afinidad política que se traduzca en apoyo diplomático en foros internacionales.

En semejante comparación, podría decirse también que el objetivo de Estados Unidos y la Unión Europea es el mercado de servicios y la hegemonía cultural: la educación, además de ser una industria que atrae divisas, asegura que los futuros líderes piensen bajo marcos conceptuales occidentales (liberalismo, capitalismo, derechos individuales). En el caso de Cuba, se persigue la legitimación del sistema: la formación de un médico africano o latinoamericano, por ejemplo, redunda en un capital humano capaz de reproducir la narrativa oficial y defender la soberanía cubana allende las fronteras.

Bajo otra óptica, Estados Unidos y China, por ejemplo, exportan “experiencias”. El estudiante es un consumidor de servicios educativos que, al graduarse, se convierte en un nodo de influencia económica y cultural. La relación es más de individuo-Estado. Sin embargo, en el caso cubano, la interacción se produce más bien de Estado a Estado, ya que la formación de personal calificado es exportada como la solución para resolver problemas estatales.

El riesgo que corre el modelo cubano es la fuga de “lealtades”. Si el alumno extranjero percibe que el modelo cubano es ineficiente o restrictivo, la inversión en soft power se convierte en un activo de crítica política hacia la Isla. No obstante, este peligro no es hipotético, como demuestran las quejas y protestas realizadas por varios grupos de estudiantes extranjeros en Cuba.

En 2017, becarios de medicina en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón, en La Habana, se quejaron tanto de las malas condiciones de vida en los albergues (robos, falta de higiene, hacinamiento) como de dificultades en el transporte y deficiencias en la conectividad a internet. Procedentes de países africanos, incluso refirieron que, al llegar a Cuba, tuvieron que estudiar las especialidades que les fueron asignadas y no las que ellos habían elegido desde su lugar de origen.

Sentada pacífica de estudiantes congoleños ante el impago de su estipendio estudiantil. Fuente: BBC (2019).

Dos años después, un grupo de estudiantes congoleños de Medicina se negó a ir a clases y comenzó a realizar sentadas pacíficas frente a la sede de la representación diplomática de su país en La Habana como protesta contra el impago, durante veintisiete meses, de su estipendio estudiantil, que las autoridades cubanas atribuyeron a dificultades monetarias del Ministerio de Educación Superior del Congo. Estos alumnos fueron reprimidos por las fuerzas de la policía nacional, quienes no solo los maltrataron físicamente, sino que incluso llegaron a apuntarles con armas de fuego, aun cuando estaban desarmados y era una manifestación pasiva. Finalmente, más de un centenar fueron expulsados de Cuba sin poder terminar sus estudios.

Un policía cubano apunta con su pistola a uno de los estudiantes congoleños, mientras otro es inmovilizado a la fuerza en el piso. Fuente: BBC (2019).

Las protestas y denuncias estudiantiles también se han dado en instituciones docentes culturales. En 2025, los alumnos del curso regular 2024-2025 de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, emitieron un comunicado en el que no solo denunciaban las malas condiciones de la institución, sino también responsabilizaban a la administración de la EICTV por su “falta de atención y compromiso, la cual impacta negativamente la calidad de vida y el proceso educativo”. En añadidura, fue cancelada la exhibición de las obras de graduación de la Generación 30 en el cine Acapulco, sin previa notificación, y, a pesar de que intentaron contactar con la dirección de la Escuela, no obtuvieron respuesta alguna.

Estudiantes de la EICTV en el cine Acapulco el día en que cancelaron la exhibición de sus tesis de grado. Fuente: (DDC, 2025).

En otro orden de ideas, si bien no existe un único tratado o reglamento que prohíba o permita el uso de la educación como soft power, diversos organismos internacionales (UNESCO, OCDE, Banco Mundial) abordan esta práctica a través de marcos éticos, estándares de calidad y principios de gobernanza que pueden resumirse en tres ejes principales:

  • La educación como bien público global promovida por la UNESCO, que es el organismo que más se opone al uso político de la educación. Por ello, sus organismos desarrollan la idea de que la cooperación educativa debe basarse en la solidaridad y el desarrollo sostenible (Agenda 2030), no en la imposición de agendas ideológicas o la creación de dependencia. De hecho, el uso de la educación como adoctrinamiento político o de erosión de la soberanía cultural contraviene el espíritu de la Declaración Universal sobre la Educación de los Derechos Humanos.
  • La estandarización y la competitividad contempladas por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), que no ve la educación como una herramienta de influencia ideológica, sino como un motor de competitividad económica. Para la OCDE, el soft power educativo se manifiesta a través de la calidad y la estandarización. Su interés radica en que la educación internacional sea transparente, medible y orientada al mercado laboral global. Aquí, el poder no es político, sino de prestigio técnico y capacidad de innovación.
  • La gobernanza y la transparencia dentro de la educación, que interesan al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional (FMI) desde la perspectiva del capital humano y la eficiencia de la inversión. Su monitoreo de la educación internacional trata de asegurar que la ayuda o la inversión educativa contribuya a la estabilidad macroeconómica y al crecimiento; mientras advierten que, a largo plazo, se puede comprometer el desarrollo del país receptor si la educación internacional es utilizada para crear dependencias estructurales.

En conclusión, los organismos internacionales no prohíben el uso de la educación para proyectar poder, pero intentan encauzarlo mediante la exigencia de una calidad académica real y no meramente propagandística, transparencia en los acuerdos de cooperación y respeto a la soberanía y a la diversidad cultural del país receptor.

Contradictoriamente, Cuba no solo acusa a países como Estados Unidos de ejercer un soft power mediante la educación, sino que incluso criminaliza a los cubanos que intentan estudiar en determinadas becas, censuradas por sus canales de financiamiento. En 2016, por ejemplo, el sitio oficialista Cubadebate calificó de “guerra no convencional” para hacer explotar la Revolución al programa de becas promovido por el Departamento de Estado para jóvenes cubanos interesados en estudiar en Estados Unidos. En específico, el foco iba dirigido a aumentar la capacidad empresarial y las oportunidades económicas, en especial, entre los jóvenes y las comunidades marginadas; los vínculos institucionales entre las organizaciones académicas o sin fines de lucro para mejorar las asociaciones bilaterales a través de la promoción de la educación, el acceso y uso de la tecnología, deportes y asociaciones a través de las Américas; así como promover el intercambio cultural y mejorar la comprensión de la historia común, tradiciones y valores a través de medios innovadores.

Con anterioridad, el gobierno cubano le había negado el permiso de salida del país a cerca de una treintena de estudiantes universitarios cubanos que habían sido elegidos para participar en programas en instituciones académicas en Estados Unidos. Esa era la primera ocasión en que se extendía a Cuba la convocatoria del Buró de Asuntos Educativos y Culturales (BECA, por sus siglas en inglés), que recibió alrededor de 750 solicitudes para asistir a especialidades como ciencias agrícolas, administración empresarial, tecnologías de la información, comunicaciones, periodismo, o liderazgo público.

En 2008, cuando iniciaron estas becas, el gobierno cubano las calificó de “intromisión subversiva dirigida a la juventud”. Paradójicamente, en Cuba estudiaban en la ELAM varios jóvenes estadounidenses, sin que el gobierno de Estados Unidos se hubiera opuesto o criminalizado o haya reprimido a los estudiantes.

Recién graduados estadounidenses por la ELAM. Fuente: OnCuba (2025).

Por si no bastara con la negación del permiso de salida, las autoridades del MES, cuadros del Partido Comunista (PCC) y dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) abrieron un proceso de análisis como parte de un “reordenamiento del trabajo político-ideológico” en las instituciones universitarias, tras la designación, Miguel Díaz Canel —actual presidente de Cuba— como ministro de Educación Superior (2009-2012). Según fuentes anónimas y documentos internos que pudo recopilar El Nuevo Herald:

Una muestra de las acciones que realiza la administración norteamericana actual para tratar de penetrar ideológicamente a la juventud universitaria, es el ofrecimiento de becas, a través de la SINA, para prepararlos en el área de liderazgo. Aspirar a la beca denota, cuando menos, una inconsistencia ideológica inadmisible. Todavía más grave es el caso de aquellos estudiantes seleccionados por la SINA que mantuvieron su decisión aun después de la argumentada discusión política que se sostuvo con ellos.

Varios alumnos militantes de la UJC que solicitaron la beca fueron sancionados y otros tantos, expulsados indefinidamente de la enseñanza universitaria.

Igualmente, el permiso de salida le fue negado en más de una ocasión a la filóloga y periodista Yoanis Sánchez. Ya no con motivos de becas de estudio, sino para recibir premios otorgados por diferentes universidades. La primera vez, en 2009, las autoridades cubanas no le permitieron salir a Estados Unidos para recibir el Premio Maria Moors Cabot, otorgado por la Universidad de Columbia. Lo mismo sucedió en 2011, cuando tampoco la dejaron recoger en España el Premio IRedes, concedido por la Universidad Pública de Navarra.

Este proceder contradictorio ha seguido vigente a lo largo del tiempo. En 2022, la periodista y activista trans Mel Herrera fue detenida por los órganos de la Seguridad del Estado cubanos. Uno de los puntos en el interrogatorio fue su participación en la tercera edición de la beca de Periodismo Situado, censurada por recibir financiamiento de entidades vinculadas con el gobierno estadounidense. Aun cuando esta beca no era presencial, Herrera fue instada a abandonarla.

A pesar de todas estas paradojas, la educación internacional en Cuba ha pasado de ser una herramienta de propaganda ideológica en la Guerra Fría a convertirse en un sofisticado instrumento de diplomacia económica y social en el siglo XXI. Mediante la especialización en áreas críticas como la medicina, el país ha logrado proyectar una imagen de competencia técnica que desafía las jerarquías de poder tradicionales. De hecho, su capacidad para transformar el conocimiento en capital político y financiero sigue siendo una de las estrategias de supervivencia y proyección más singulares del sistema cubano, como uno de sus motores invisibles dentro de la política exterior. Así, se garantiza que los países del Sur Global y otras naciones sigan validando el uso de la educación internacional en Cuba como herramienta de soft power y, mientras impera esa narrativa oficial, se niegan o invisibilizan las violaciones sistemáticas de la libertad académica al interior del sistema educativo nacional.

Referencias consultadas


[1] Oficialmente llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta, es la mayor estrategia de política exterior y cooperación internacional de China, que, desde 2013, la concibe como una red global de comercio e infraestructura diseñada para conectar al país con el resto de Asia, así como Europa, África y América Latina.

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