NOTA DE PRENSA N° 290
📷 Portada: Tomada de TV Santiago (2026).
Pedagogía de la resistencia en la construcción del sujeto político en Cuba.
En el contexto de la persistencia del modelo socialista en Cuba, la educación no se concibe únicamente como un proceso de traspaso de conocimientos técnicos, sino como un mecanismo fundamental de reproducción de la identidad política y la cohesión social. Por ello, en el mes de julio, se desarrollaron en todos los municipios del país los seminarios de preparación de profesores de Historia y Educación Ciudadana, en los cuales se incluyeron dentro de la agenda educativa la política hostil de los círculos de poder de los Estados Unidos hacia Cuba y la respuesta del pueblo, el medio Oriente, la personalidad del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y su tratamiento en el currículo de la escuela cubana; además de presentarse las Obras Escogidas del General de Ejército Raúl Castro Ruz. Estos seminarios no deben entenderse como simples actualizaciones pedagógicas, sino como maniobras de reajuste curricular ante la crisis que atraviesa la nación.

Seminario de preparación de profesores de Historia y Educación Ciudadana. Fuente: Página oficial de Facebook del Mined (2026).
Dentro del análisis de los sistemas educativos que buscan preservar un orden político específico, la pedagogía rara vez se limita a la transmisión de hechos cronológicos o a competencias técnicas. Por el contrario, la educación se convierte en un proceso de arquitectura de significados. En el caso de Cuba, los recientes seminarios de formación docente para las asignaturas de Historia y Educación Ciudadana revelan una estrategia clara: la utilización de la alteridad, específicamente la construcción de la figura de Estados Unidos como un “enemigo externo”, no solo como un dato de la política internacional, sino como el eje motor de la pedagogía nacional.
Desde una perspectiva sociológica, la educación cubana no trata a Estados Unidos simplemente como un actor geopolítico con intereses contrapuestos; lo constituye como un constructo moral antitético. Este proceso no busca que el estudiante comprenda la complejidad de la política exterior estadounidense, sino que internalice una dicotomía ética entre el “nosotros” (el sujeto revolucionario, resistente y ético) y el “ellos” (el agente de desestabilización, materialista y hostil).
La enseñanza de la Historia en el sistema educativo cubano no se articula como una sucesión de eventos, sino que se estructura a partir de la dialéctica de la resistencia. En esta disposición, la historia de la nación se narra como una lucha constante contra fuerzas externas que intentan truncar el destino soberano del país. La “política hostil de los círculos de poder de los Estados Unidos” se presenta como la constante que atraviesa todos los períodos históricos, desde las intervenciones del siglo XIX hasta el actual embargo. Semejante dialéctica del asedio cumple una función sistémica dual que permite la estabilidad del modelo ante las crisis.


Capturas de libros de texto de Historia de Cuba, 9no. Grado, y Cultura Política, 12mo. Grado. Fuente: Biblioteca Cuba Educa (2026).
Uno de los mayores desafíos de cualquier régimen político es la gestión de la frustración social derivada de la escasez. En un contexto de crisis sistémica, donde la falta de combustible, la crisis energética y la carestía de alimentos son realidades tangibles, la pedagogía de la resistencia ofrece una explicación que desplaza la responsabilidad.
Al situar las acciones de la potencia vecina como la causa raíz de las dificultades materiales, el sistema educativo logra un proceso de externalización de la crisis. La carencia deja de ser un problema de gestión administrativa, de ineficiencia productiva o de desequilibrio macroeconómico interno para convertirse en un síntoma de la agresión externa. De este modo, la privación económica se transmuta en un sacrificio patriótico. El estudiante no aprende que falta la corriente debido a una crisis en el sistema eléctrico, sino que la falta de luz es una consecuencia directa del asedio que pone a prueba la voluntad del pueblo. Esta narrativa protege la legitimidad de las instituciones internas, ya que presenta la crisis no como un fallo del sistema, sino como un ataque a este.

Propaganda sobre incidencia del embargo norteamericano en el sector educativo. Fuente: Prensa Latina (2021).
El segundo objetivo de esta dialéctica es generar una cohesión social a través de la amenaza. La sociología política ha demostrado que pocos elementos son tan eficaces para unir a una población fragmentada como la percepción de un peligro común. La presencia de un “otro” hostil y omnipresente justifica la necesidad de una respuesta estatal unificada.
En este sentido, el discurso pedagógico refuerza la idea de que la unidad no es una opción política, sino una necesidad de supervivencia. La amenaza externa actúa como un pegamento social que legitima la centralización del poder y el control ideológico estricto. Si el enemigo es externo y busca la desestabilización, cualquier disidencia interna puede ser interpretada, mediante la lógica de la resistencia, como una vulnerabilidad que el enemigo podría explotar. Así, la educación ciudadana enseña que la lealtad al proyecto político es sinónimo de defensa de la soberanía nacional.
Más allá de la explicación de las crisis, la construcción de la alteridad tiene un impacto profundo en la formación de la subjetividad. En la asignatura de Educación Ciudadana, la identidad del “ser cubano” no se construye únicamente a través de la exaltación de sus valores positivos, sino mediante un proceso de identidad por negación.
La identidad se define aquí en relación con lo que el sujeto no es. El ciudadano cubano ideal es aquel que se opone radicalmente al modelo de vida y de valores que representa Estados Unidos. Este proceso de construcción de la alteridad es fundamental para evitar la erosión ideológica, sobre todo en las nuevas generaciones, expuestas a una saturación de cultura, consumo y valores provenientes de la potencia vecina mediante medios digitales.
La pedagogía busca establecer una frontera simbólica entre el individuo y la influencia extranjera. Al presentar la cultura y los valores estadounidenses como vectores de desestabilización, se crea un mecanismo de defensa psicológica en el estudiante. El consumo de ciertos productos, la adopción de ciertas ideologías o incluso la aspiración de ciertos modelos de libertad individual se presentan como elementos de una “guerra de quinta generación” diseñada para erosionar la identidad nacional.
Bajo esta lógica, la educación convierte la identidad cultural en un campo de batalla. El estudio de la historia y la formación ciudadana preparan al individuo para identificar lo que el currículo denomina “agresión cultural”. Al despojar a la influencia estadounidense de su dimensión de soft power (poder blando) y presentarla exclusivamente como una herramienta de asedio, se intenta neutralizar el atractivo del modelo externo.
Ante la profundización de las tensiones políticas con Estados Unidos, el currículo actual expande su horizonte hacia el Medio Oriente con la finalidad de acceder al terreno de la solidaridad de supervivencia. Al incluir el análisis del Medio Oriente en la agenda de los profesores, se busca establecer paralelismos entre la situación de Cuba y la de diversos regímenes en la región árabe. La narrativa pedagógica enfatiza la resistencia contra el imperialismo en estos contextos, creando una “comunidad de destino” entre Cuba y naciones que enfrentan sanciones o conflictos geopolíticos similares. El objetivo es situar a Cuba no como una isla aislada en el Caribe, sino como un nodo dentro de una red global de naciones que se perciben a sí mismas en un estado de asedio permanente frente a la hegemonía de las potencias occidentales.
La inclusión del Medio Oriente en el currículo funciona como un dispositivo de proyección. A través de la enseñanza de la historia y la formación ciudadana, se busca que el estudiante no vea las crisis, las guerras o las sanciones que afectan a naciones en la región árabe como fenómenos ajenos o accidentales, sino como procesos análogos a los vividos por Cuba. Esta estrategia se fundamenta en el concepto del “espejo de los regímenes resistentes”.
La narrativa pedagógica diseñada para los docentes enfatiza la resistencia contra el imperialismo en contextos árabes, utilizando estos escenarios para establecer paralelismos directos con la realidad cubana. En las aulas, la lucha de un Estado del Medio Oriente por mantener su soberanía frente a intervenciones militares o bloqueos económicos se presenta como una versión espejada de la lucha cubana por la independencia y la preservación de su modelo social.
Este paralelismo cumple una función pedagógica crucial: la normalización de la excepcionalidad. Si Cuba se percibe a sí misma como una nación bajo un asedio constante y extraordinario, la inclusión de otros países que atraviesan situaciones similares permite que ese estado de “excepcionalidad” se convierta en la norma de la política internacional para el sujeto cubano. La resistencia deja de ser un evento heroico aislado para convertirse en la condición existencial de todo Estado que desafía el statu quo global.

Poster de publicación sobre comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán. Fuente: Página de Facebook de Cuba X Siempre (2026).
A la par, esta comunidad de destino permite que el estudiante cubano se identifique con el “otro” del Medio Oriente no a través de la comprensión de su cultura, sino a través de la identificación de su lucha. Se crea un bloque de solidaridad basado en la victimización compartida frente a la agresión externa, lo cual refuerza la cohesión interna al presentar a Cuba como parte de un movimiento global de naciones que “se niegan a rendirse”.
Más allá del paralelismo, la intención es la creación de una “comunidad de destino”. Este concepto sociopolítico busca que el estudiante desarrolle una empatía ideológica con regímenes que, aunque cultural o religiosamente distintos, comparten una estructura de poder y una vulnerabilidad geopolítica similar. Al enseñar que estos países enfrentan sanciones, embargos y presiones de las potencias globales, la pedagogía cubana construye un frente de unidad simbólica.
El segundo gran objetivo de esta expansión curricular es el desplazamiento del eje de referencia intelectual y moral. Históricamente, la educación en gran parte del mundo, influida por el pensamiento occidental, se ha estructurado sobre los pilares de la democracia liberal, los derechos humanos de corte occidental y el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial.
La inclusión sistemática de las luchas en el Medio Oriente permite al sistema educativo cubano ofrecer una contranarrativa al orden establecido. Al centrar el estudio en los conflictos derivados de la intervención extranjera, la manipulación de fronteras y el control de recursos energéticos por parte de potencias externas, el currículo desplaza el foco de la “estabilidad y la democracia” hacia la “justicia y la soberanía”.
En este nuevo esquema de referencia, el orden internacional no es visto como un garante de paz, sino como un sistema de gestión de intereses imperiales que utiliza la retórica de los derechos humanos para justificar la desestabilización de regímenes soberanos. Al enseñar esto, la educación cubana deslegitima las categorías morales de la potencia vecina y de sus aliados, permitiendo que el estudiante interprete las acciones de la comunidad internacional como maniobras de control.
Este desplazamiento de eje tiene una consecuencia política directa: la legitimación de la posición de Cuba en el escenario mundial. Al redefinir el mundo como una lucha entre fuerzas de ocupación/intervención y fuerzas de liberación/resistencia, el sistema educativo sitúa automáticamente a la Isla dentro del bloque de los “países en desarrollo” o, más específicamente, dentro del bloque de los “países en resistencia”.
Esta clasificación no es meramente descriptiva, es una categoría de identidad política. Al estudiar el Medio Oriente bajo esta óptica, se prepara al ciudadano para aceptar la postura de su propio Estado en organismos internacionales como la ONU, donde Cuba suele alinearse con naciones que critican el unilateralismo de las potencias. El estudiante aprende que la legitimidad no proviene de seguir las reglas del orden establecido, sino de la resistencia contra las injusticias de dicho orden.
Sin embargo, el punto más sensible y crítico de los seminarios fue el tratamiento de la personalidad de Fidel Castro Ruz, cuyo análisis no se limita a su rol histórico, sino a su integración en el tejido ontológico de la nación.
En la construcción de los sistemas de poder de corte revolucionario, la historia no se enseña solo como una disciplina de indagación crítica, sino como un mecanismo de cohesión ontológica. Dentro de los seminarios de formación docente en Cuba, el tratamiento de la figura de Fidel Castro constituye el núcleo más sensible y complejo del aparato pedagógico. Aquí, la educación trasciende la instrucción política para adentrarse en una dimensión que la sociología de la religión describiría como la sacralización del líder.

Pionera durante la ceremonia del cambio de pañoleta. Fuente: Página oficial de Facebook del Mined (2026).
El análisis de su personalidad en el currículo cubano no se circunscribe a un examen de su rol en los procesos de transformación social o en la geopolítica de la Guerra Fría. Más bien, el sistema educativo busca su integración en el tejido mismo del “ser” nacional. No se trata de estudiar a un hombre, sino de aprender la esencia de la nación a través de su encarnación.
Este proceso de deificación pedagógica opera mediante dos ejes fundamentales: la transformación de la biografía en canon moral y el uso del mito como ancla de estabilidad sistémica.
El primer eje de esta estrategia consiste en la mutación de la metodología histórica. En la historiografía académica convencional, el estudio de los líderes políticos implica la revisión de sus decisiones, el análisis de sus contradicciones y la evaluación de su impacto bajo una lente de objetividad y crítica. Sin embargo, el currículo cubano desplaza este enfoque hacia una hagiografía política.
En las aulas, Fidel Castro no es presentado como un actor político sujeto a la duda o al debate dialéctico, sino como la encarnación de la voluntad del pueblo. Esta es una distinción epistemológica crucial: si el líder es la voz del pueblo, cualquier crítica contra él se traduce automáticamente en una traición al pueblo mismo. De este modo, se vuelve inexpugnable. El estudio de sus discursos, campañas y decisiones no busca que el estudiante desarrolle un juicio crítico sobre la eficacia de dichas acciones, sino que asimile la intención ética que las motivó.
La “personalidad del Comandante en Jefe” se convierte así en el estándar de oro de la ética revolucionaria. El currículo utiliza su vida como un compendio de virtudes: la abnegación, la resistencia ante el asedio, la lealtad inquebrantable y la capacidad de sacrificio.


Capturas del libro de texto de Cultura Política, 10mo. Grado. Fuente: Biblioteca Cuba Educa (2026).
Esta transformación de la historia en modelo moral tiene una aplicación práctica inmediata en la formación del sujeto. La asignatura de Historia deja de ser una crónica de hechos para convertirse en un manual de conducta. El estudiante no aprende sobre la Revolución para entender cómo se transformó la estructura agraria, sino para aprender cómo debe comportarse un ciudadano ante la adversidad.
El modelo de Fidel Castro dicta las normas del ciudadano ideal: aquel que no protesta ante la escasez, sino que resiste; aquel que no duda ante la influencia extranjera, sino que se defiende; aquel que no cuestiona ante el mando, sino que obedece con convicción. La deificación pedagógica logra que la moralidad del individuo esté ligada indisolublemente a la moralidad del líder. La virtud personal se mide por su proximidad al ideal de Fidel, convirtiendo la educación en un proceso de mímesis de la figura sacralizada.
El segundo eje de esta estrategia responde a una necesidad de supervivencia del Estado. Todo sistema político enfrenta el problema de la sucesión y la posible erosión de su legitimidad cuando los líderes carismáticos originales desaparecen. La deificación de la figura de Fidel cumple, por tanto, una función de estabilidad sistémica mediante la gestión de la memoria.
En momentos de transición de mando o de crisis de legitimidad, la presencia de la imagen y el pensamiento de Fidel en cada aula, en cada libro de texto y en cada discurso docente actúa como un ancla. La pedagogía asegura que el líder no sea un recuerdo del pasado, sino una presencia viva en el presente.
Mediante la repetición constante de sus máximas y la iconografía de su rostro, el sistema educativo crea una “presencia espectral” que supervisa la lealtad del presente. El estudiante no se siente solo ante las dificultades de su tiempo; sino parte de una continuidad histórica guiada por el espíritu de un líder que, aunque ausente físicamente, permanece presente en el núcleo ideológico de la nación.
Uno de los riesgos inherentes a cualquier régimen es que la lealtad de la población se desplace de la ideología hacia las instituciones burocráticas, que pueden volverse corruptas o ineficientes. El culto pedagógico a Fidel Castro previene este fenómeno al asegurar que la lealtad no se dirija hacia una estructura administrativa abstracta o hacia un grupo de funcionarios, sino hacia una figura carismática transmutada en mito.
Es mucho más difícil que un ciudadano cuestione la legitimidad de un sistema si se presenta como el heredero directo de una figura sagrada. Al vincular la identidad del Estado con la identidad del líder deificado, la pedagogía cierra el círculo de la obediencia. La lealtad al sistema no se presenta como un contrato social con una institución, sino como un compromiso moral con el legado de un hombre que ha sido elevado a la categoría de símbolo nacional.
Asimismo, en la ingeniería de la estabilidad política de un Estado, la gestión del pasado y la codificación del presente son tareas de una importancia crítica. No basta con tener una ideología; es necesario dotarla de una genealogía que la haga parecer inevitable y de una metodología que la haga creer ejecutable. En el contexto de los recientes seminarios de formación docente en Cuba, esta estrategia se materializa en la implementación de materiales bibliográficos específicos que actúan como los pilares de un nuevo canon: los Cuadernos Martianos y las Obras Escogidas de Raúl Castro Ruz.
Estos materiales no deben entenderse simplemente como recursos didácticos complementarios, sino como instrumentos de codificación del pensamiento oficial. Mientras que la figura de Fidel opera en el plano del mito y la sacralidad, la combinación de Martí y Raúl Castro construye un puente de legitimidad entre la historia fundacional del país y la gestión pragmática del poder contemporáneo. Es la construcción de un canon de la continuidad que busca cerrar las brechas entre la tradición, la Revolución y la actualización del modelo.
El uso de los Cuadernos Martianos en el currículo actual responde a una necesidad de anclaje histórico y moral. José Martí no es solo un personaje del pasado; es el arquitecto de la identidad nacional y el precursor espiritual de la Revolución. Su inclusión sistemática permite que el proyecto socialista no sea percibido como una importación ideológica externa o una ruptura abrupta con la tradición, sino como la culminación natural de un proceso de liberación que comenzó en el siglo XIX.
La estrategia pedagógica utiliza el pensamiento martiano para proporcionar una base ética indiscutible. Al estudiar a Martí a través de estos cuadernos, el alumno no solo aprende sobre la guerra de independencia, sino que asimila los valores de soberanía, unidad y dignidad que el Estado actual reclama para su propia supervivencia. Martí funciona como el validador moral: si las acciones del gobierno actual se presentan como la aplicación de los principios martianos, entonces esas acciones adquieren una estatura de mandato histórico.

Publicación de la Dirección Provincial de Educación, Pinar del Río (2024).
Este proceso permite que la ideología contemporánea se despoje de su carácter de “decisión política del momento” para revestirse de “destino nacional”. La pedagogía logra que la lucha por la independencia de 1895 y la resistencia al asedio del siglo XXI se perciban como un mismo combate, operando bajo la misma lógica de autodeterminación.
Al vincular estrechamente el pensamiento de Martí con la realidad política actual, el sistema educativo cierra el ciclo histórico de la nación. Se crea una narrativa lineal y coherente: la lucha de Martí contra el imperialismo fue la semilla; la Revolución de 1959 fue el florecimiento; y la resistencia actual es la madurez de ese proceso. Este cierre de ciclo es fundamental para neutralizar la disidencia; cualquier intento de cambiar el rumbo del país es visto, entonces, como una traición a la trayectoria histórica que Martí inició.
Si la figura de Fidel ocupa el lugar del mito fundacional y la sacralidad, Raúl Castro ocupa el lugar de la institucionalización y la praxis del poder. Su inclusión en el canon bibliográfico a través de sus obras escogidas responde a una necesidad de aterrizar la ideología en la gestión técnica y la estabilidad del Estado. La pedagogía cubana utiliza la obra de este último para transformar el entusiasmo revolucionario en disciplina institucional.
La inclusión de los escritos y discursos de Raúl Castro cumple funciones operativas cruciales dentro del aula de Historia y Educación Ciudadana. En primer lugar, sirve para validar la transición de mando. En un sistema donde el carisma de Fidel era el motor principal, la transición hacia una estructura más institucionalizada presentaba un riesgo de pérdida de autoridad. Los textos de Raúl, al ser integrados como material de estudio obligatorio, legitiman la autoridad del nuevo liderazgo, presentándola no como una sustitución, sino como una evolución necesaria y planificada.

Presentación de Obras Escogidas de Raúl Castro en la Universidad de La Habana. Fuente: CUBADEBATE (2026).
En segundo lugar, su obra establece la hoja de ruta para la “actualización” del modelo. La Revolución cubana se encuentra en un proceso de ajustes económicos y sociales para sobrevivir a las nuevas realidades globales. Por tanto, los discursos de Raúl Castro proporcionan el marco conceptual para estos cambios, permitiendo que reformas que podrían parecer contradictorias con la ortodoxia socialista sean aceptadas como medidas de “fortalecimiento” y “actualización”. Su palabra es el árbitro que decide qué cambios son permitidos y cuáles son desviaciones.
Una de las funciones más profundas de este material es la provisión de un lenguaje técnico-ideológico uniforme. El sistema educativo tiene la tarea de asegurar que la interpretación del mundo sea la misma en un municipio remoto de la Sierra Maestra que en el centro de La Habana.
Al dotar a los profesores de las Obras Escogidas de Raúl Castro, el Estado les entrega un léxico estandarizado. Los términos sobre “actualización”, “orden institucional” y “disciplina” se convierten en las herramientas con las que el docente debe moldear la opinión del estudiante. Esto garantiza la unidad de criterio: el profesor no interpreta la realidad desde su propia subjetividad, sino que la traduce utilizando el vocabulario oficial. La educación se convierte así en un mecanismo de sincronización política, donde el lenguaje actúa como el cemento que une la teoría estatal con la percepción ciudadana.
Por otra parte, en la arquitectura de cualquier sistema de control social, la educación constituye el eslabón más crítico y, a la vez, el más vulnerable. Si los libros de texto proporcionan el contenido y los líderes aportan el mito, es el docente quien debe dotar a esos elementos de vida, transmitiéndolos de las páginas al pensamiento de las nuevas generaciones. En los seminarios de formación docente en Cuba, se observa una redefinición radical de esta figura. El docente ya no es concebido bajo los paradigmas modernos de la pedagogía como un facilitador del conocimiento, un guía del pensamiento crítico o un mediador entre el estudiante y la información. Por el contrario, el seminario redefine su identidad bajo un concepto de alto contenido ideológico: el profesor es la “vanguardia espiritual de la Revolución”.
Esta transmutación del rol docente desplaza el centro de gravedad de la labor educativa desde la instrucción académica hacia la militancia política. El profesor deja de ser un técnico de la enseñanza para convertirse en un agente de cohesión política, cuya misión principal no es que el alumno aprenda a cuestionar, sino a pertenecer. Esta nueva identidad se sustenta en dos pilares fundamentales: la disolución de la frontera entre lo pedagógico y lo político, y la centralización del control sobre la interpretación de la realidad.
La conceptualización del docente como “vanguardia espiritual” conlleva una consecuencia epistemológica profunda: la eliminación de la distinción entre la labor pedagógica y la labor política. En las corrientes pedagógicas contemporáneas, se reconoce que la enseñanza nunca es neutral, pero se busca que la profesionalidad del docente resida en su capacidad para presentar diversas perspectivas y fomentar la autonomía del estudiante. El modelo que se desprende de los seminarios actuales propone lo opuesto: la neutralidad es vista como una forma de traición.
Al definir al profesor como un militante, el Estado cubano le impone una responsabilidad que trasciende el dominio de la materia que imparte. Un profesor de matemáticas, de biología o de lengua no es evaluado únicamente por su capacidad para transmitir algoritmos, procesos celulares o gramática, sino por su compromiso con la supervivencia del sistema. La enseñanza-aprendizaje se convierte en un proceso de formación de conciencia, donde el éxito pedagógico se mide por la alineación ideológica del estudiante con los objetivos del Estado.
Bajo esta premisa, dirigir el proceso de enseñanza-aprendizaje adquiere un matiz de dirección política. El docente tiene la obligación de asegurar que cada concepto, ejemplo y discusión en el aula sea un vehículo para reforzar la narrativa oficial. El compromiso académico se supedita al compromiso político; la excelencia en la enseñanza se define por la capacidad del maestro para integrar la ideología en el tejido de cualquier disciplina, convirtiendo incluso las ciencias exactas en ejemplos de la superioridad del modelo revolucionario o de la resistencia frente a la hegemonía externa.
Esta militancia implica una forma de autovigilancia y de vigilancia mutua. El docente debe ser consciente de que su posición en el aula no es solo de autoridad académica, sino de autoridad moral y política. Esto impone una carga de tensión constante, pues debe asegurar que su discurso no se desvíe, ni siquiera de forma accidental, de la línea política establecida. Cualquier desliz interpretativo, duda o intento de introducir la complejidad de la dialéctica que no esté previamente sancionada, es interpretado como una falla en su función de vanguardia. Así, el aula se transforma en un espacio de reproducción de la norma, donde el docente actúa como el guardián de la ortodoxia.
Si el primer eje de esta redefinición trata sobre la identidad del docente, el segundo se relaciona con su función operativa dentro del sistema de control: el control de la interpretación. Al designar a los educadores como la vanguardia, el Estado no solo les otorga un título de honor, sino que les delega la responsabilidad de centralizar la interpretación de la historia y la actualidad. El profesor se convierte en el filtro indispensable entre la complejidad de los hechos y la conciencia del estudiante.
La historia, por su propia naturaleza, es un campo de tensiones, contradicciones, ambigüedades y multiplicidad de perspectivas. Sin embargo, para un sistema que busca la estabilidad absoluta, la complejidad es un riesgo. El docente cubano, en su rol de vanguardia, tiene la función de “limpiarla” de estas ambigüedades. Su tarea es asegurar que los hechos históricos sean siempre leídos a través de un prisma único y teleológico: el de la supervivencia del sistema y la lucha contra el enemigo externo.
El profesor cubano actúa como un intérprete que traduce la realidad para el estudiante. Cuando un hecho histórico presenta matices que podrían cuestionar la legitimidad del presente, la labor de la vanguardia espiritual es reencuadrarlo. No se trata de negarlo, sino de subordinarlo a la narrativa de la lucha revolucionaria. La complejidad se simplifica en una lucha binaria entre lo correcto (lo revolucionario) y lo incorrecto (lo contrarrevolucionario), entre la soberanía y la injerencia. El docente asegura que la historia sea un arma de defensa política.
Este control de la interpretación no se limita al pasado; se extiende con igual rigor al presente. En un mundo hiperconectado, donde la información circula de manera descontrolada y a menudo contradice la versión oficial, la figura del profesor se vuelve más necesaria para el Estado. El docente debe actuar como un escudo interpretativo, un filtro que ayuda al estudiante a navegar la información externa, enseñándole a desconfiar de las fuentes que no provengan de los canales oficiales y a reconocer en ellas la “guerra psicológica” del enemigo.
El profesor cubano debe asegurarse de que la percepción de la realidad del estudiante esté en sintonía con la realidad que el Estado comunica. Si hay crisis económicas, escasez o dificultades sociales, no debe presentarlas como fallos sistémicos, sino como desafíos de la resistencia, consecuencias de la agresión externa o etapas necesarias de la transformación. El control de la interpretación garantiza que el estudiante no desarrolle una percepción de la realidad que diverja de la oficial, cerrando así la posibilidad de que el descontento social se transforme en conciencia política crítica.
Sobre todo, se debe tener en cuenta que la implementación del canon de la continuidad y la redefinición del docente como vanguardia espiritual no son fenómenos pedagógicos aislados, sino componentes de una sofisticada arquitectura de poder. En la especificidad del modelo cubano, es necesario analizar las fuerzas sociológicas que operan bajo la superficie del aula a través de tres ejes conceptuales que explican cómo el Estado transforma la instrucción en control social.
Desde la perspectiva de Pierre Bourdieu, la escuela no es un espacio de movilidad, sino de reproducción de estructuras. En Cuba, el sistema educativo busca la creación de un habitus específico: un conjunto de esquemas de percepción, pensamiento y acción que predisponen al individuo a aceptar la lógica del Estado como la única lógica posible.
Los Cuadernos Martianos y las Obras Escogidas de Raúl Castro actúan como vehículos de un capital cultural ideologizado. El estudiante que internaliza estos textos no solo adquiere conocimientos históricos, sino que recibe las “formas de ser” que el sistema requiere. El éxito en este proceso no es la acumulación de datos, sino la asimilación de un capital cultural que vincula la identidad personal con la del Estado, haciendo que cualquier disidencia sea sentida como una alienación de la propia naturaleza social.
La redefinición del profesor como vanguardia es una aplicación pura de la tesis de Michel Foucault sobre el nexo entre poder y saber. Para Foucault, el poder no solo reprime, sino que produce realidad y verdad. El Estado cubano no se limita a prohibir discursos alternativos; utiliza el sistema educativo para producir un tipo de saber específico que es, simultáneamente, un ejercicio de poder.
Al centralizar la interpretación de la historia, el Estado ejerce una “microfísica del poder”. El docente, al controlar el discurso en el aula, no solo enseña; ejerce una vigilancia que normaliza la verdad oficial. El saber histórico se convierte en un instrumento de gobierno que disciplina los cuerpos y las mentes, transformando la verdad en una construcción técnica y política que el profesor debe custodiar.
Finalmente, la estrategia cubana es un ejercicio de hegemonía cultural en el sentido gramsciano. El Estado busca el “consenso” a través de las instituciones de la sociedad civil, siendo la escuela la más importante. La meta no es la dominación mediante la fuerza (coerción), sino la dirección de la voluntad mediante la cultura (consenso).
Al integrar a Martí y a los líderes revolucionarios en un canon indiscutible, el Estado logra que su visión del mundo sea aceptada como “sentido común”. La hegemonía se alcanza cuando el estudiante ya no percibe la ideología oficial como una imposición, sino como la esencia misma de su cultura y de su historia nacional.
A diferencia del modelo cubano, las potencias socialistas como China o Vietnam han transitado hacia una pedagogía donde el énfasis ha virado desde la “resistencia pura” hacia la “eficiencia y el desarrollo”. Mientras que en Cuba el docente debe enfatizar la lucha contra el asedio para justificar la carencia, en los modelos asiáticos hace hincapié en el éxito del modelo para justificar la disciplina. El patrón cubano permanece anclado en una pedagogía de la supervivencia, mientras que los otros han evolucionado hacia una pedagogía del éxito nacionalista.

Implementación de la enseñanza obligatoria de la Inteligencia Artificial en las escuelas chinas. Fuente: Amartdata (2025).
En los modelos democráticos, sin embargo, la educación ciudadana se basa en la “alfabetización política”: la capacidad de entender diferentes sistemas, analizar críticamente las políticas públicas y participar en el disenso constructivo. El objetivo es formar ciudadanos capaces de cuestionar al Estado; mientras que en Cuba es moldear una ciudadanía capaz de defender al Estado. La diferencia es fundamental: en la democracia, la educación sirve para el control del poder por parte del ciudadano; en el modelo cubano, la educación vale para el control de la ciudadanía por parte del poder.
En resumen, el análisis de los seminarios de preparación docente en Cuba permite concluir que el sistema educativo sigue siendo utilizado como una herramienta de alta precisión para la gestión de la crisis. Mediante la construcción de un enemigo externo tangible, la creación de alianzas ideológicas con el Medio Oriente, la deificación de la figura de Fidel Castro y la canonización de la obra de Raúl Castro, el Estado busca blindar la conciencia social.
La pedagogía de la resistencia, lejos de ser una mera transmisión de datos, constituye una arquitectura de significados diseñada para asegurar la continuidad del modelo político frente a la adversidad. En este escenario, la Historia y la Educación Ciudadana dejan de ser disciplinas de indagación para convertirse en disciplinas de reafirmación, donde el conocimiento está subordinado a la preservación de la identidad revolucionaria. Sin embargo, esta concepción solo incapacita a las nuevas generaciones para tener un pensamiento crítico y desarrollar un modelo de país democrático.