NOTA DE PRENSA N° 287

📷 Portada: Tierras de cultivo en el oriente de Cuba (2025). Autor: Identidad protegida.

Fundación UH: “ciencia de laboratorio” y realidad del campo cubano.

La crisis de los sistemas alimentarios a nivel global ha situado a la seguridad alimentaria en el centro de las agendas de desarrollo sostenible. En este escenario, la universidad cubana se presenta retóricamente como el pilar fundamental para la transición hacia modelos de producción sostenibles y resilientes. El discurso oficial y académico sostiene que la ciencia, la tecnología y la innovación son herramientas capaces de articular estructuras locales con las necesidades del territorio.

Sin embargo, al contrastar los proyectos de innovación territorial, como los impulsados por la Universidad de La Habana a través de su Fundación de Innovación y Desarrollo (Fundación UH), con la realidad operativa del campo cubano, emerge una contradicción dialéctica. Mientras la academia propone modelos de gestión de alta complejidad y sostenibilidad ecológica, el sector agrícola enfrenta una crisis de insumos básicos, degradación de suelos y una desconexión logística que impide que el conocimiento científico se traduzca en toneladas de alimentos en la mesa del consumidor.

En el mes de junio, la Fundación UH presentó el proyecto “Apoyo a la transformación y desarrollo sostenible de sistemas alimentarios locales a través del Acelerador Agrícola en el municipio de La Lisa”. La iniciativa —financiada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)— busca fortalecer la innovación, la sostenibilidad y la articulación territorial en los sistemas alimentarios locales, con énfasis en la soberanía alimentaria. Al evento asistieron, además de representantes de estas entidades, integrantes del Ministerio del Comercio Exterior (MINCEX);el Ministerio de la Agricultura (MINAG); el (CITMA); la ANAP; autoridades de la Dirección Territorial del Gobierno de La Habana y del Consejo de Administración del municipio La Lisa; las facultades de Biología, FLACSO e institutos como IMRE, InSTEC,), centros de investigación, vinculados a proyectos de tecnologías verdes y fincas digitales como el CNIC, las fincas Vista Hermosa y Las Piedras y los presidentes y equipos técnicos de cooperativas agropecuarias cercanas.

Juan Ovejero Dohn, coordinador general de la Oficina de Cooperación Española de la AECID en Cuba, durante la presentación del proyecto. Juventud Técnica (2026).

Según Miriam Nicado, rectora de La Universidad de La Habana: “La innovación no es un lujo ni una atracción, es la herramienta más poderosa que tenemos para poner el conocimiento al servicio de la agricultura, dinamizar nuestros territorios y construir soberanía alimentaria desde lo local; ese es el camino que hoy comenzamos y que vamos a recorrer todos juntos”.

Miriam Nicado, rectora de La Universidad de La Habana, durante la presentación del proyecto. Fuente: Juventud Técnica (2026).

Los participantes señalaron restricciones productivas y tecnológicas, fragmentación de las cadenas de valor, baja articulación entre actores y vulnerabilidades relacionadas con la seguridad alimentaria dentro de los problemas que el proyecto debe abordar. Tales sugerencias se enmarcaron dentro del contexto real del territorio, con el propósito de alinear expectativas en torno a la importancia de la innovación, el acompañamiento técnico y la cooperación internacional como factores de cambio.

El concepto de sistemas alimentarios locales empleado en las iniciativas de la Fundación UH trasciende la mera producción de alimentos. Implica un enfoque multiescalar que integra la producción, el procesamiento, la distribución y el consumo dentro de un ámbito geográfico definido, fortaleciendo la economía de proximidad. Asimismo, desde la perspectiva de la innovación territorial, se promueve que la universidad no debe ser un ente aislado, sino un “nodo de conocimiento” que interactúa con los actores locales (campesinos, cooperativas, gobiernos municipales).

Por tanto, el discurso de la Fundación UH se posiciona como un intento de cerrar la brecha entre la investigación científica y el desarrollo territorial, centrándose en la territorialización de la ciencia al no investigar para la publicación, sino para la solución de problemas locales; la gestión de sistemas complejos al entender la alimentación como un sistema interconectado; y la participación de actores diversos al fomentar la cocreación entre la academia y el sector productivo. Visto así, resulta técnicamente impecable, alineándose con las tendencias globales de la FAO y la Agenda 2030.

Según la propia página de la Fundación UH:

“En términos estratégicos, la iniciativa se alinea con las prioridades de la AECID en Cuba, que incluyen el desarrollo productivo, el desarrollo territorial sostenible y el fortalecimiento institucional, así como con la Agenda 2030 y objetivos relacionados con hambre cero, producción responsable y acción por el clima.

Al mismo tiempo, dialoga con la agenda de la FAO para la transformación de los sistemas agroalimentarios, que promueve soluciones innovadoras, enfoques territoriales y plataformas de intercambio de experiencias en la región”.

Jorge Fernández Esperón, representante asistente para Programa de la FAO en Cuba, durante la presentación del proyecto. Fuente: Juventud Técnica (2026).

Pero, para comprender la magnitud de la contradicción, es imperativo analizar las condiciones materiales en las que se desarrolla la actividad agrícola en Cuba. Si el discurso de la universidad se basa en la optimización de sistemas, la realidad productiva se caracteriza por una descapitalización estructural y una crisis de insumos que desarticula cualquier intento de planificación científica.

A pesar de los esfuerzos por promover la agroecología, la agricultura cubana sigue atrapada entre metodologías organizacionales superadas y el retroceso hacia prácticas de subsistencia que limitan la escala de producción, transformando grandes áreas en parcelas de agricultura de baja intensidad.

Adicionalmente, la realidad del campo cubano está marcada por una erosión acelerada y por la pérdida de materia orgánica. Aunque la academia propone modelos para su recuperación, la práctica diaria está condicionada por la urgencia de la supervivencia alimentaria, lo que a menudo lleva a prácticas de sobreexplotación que contradicen los principios de sostenibilidad que la Fundación UH busca promover. A ello se suma el impacto del cambio climático, manifestado en sequías prolongadas en el oriente y huracanes en el occidente, que actúa como un factor de entropía neutralizador de las innovaciones técnicas antes de que puedan consolidarse.

Además, la realidad agrícola no termina en la cosecha. Se extiende al transporte y a la distribución, cuya infraestructura logística presenta fallas críticas: la falta de medios de transporte refrigerados y la ineficiencia en las redes de distribución estatal provocan mermas significativas posteriores a las cosechas. Esto crea un escenario donde la innovación en la producción se vuelve irrelevante si la innovación en la distribución es inexistente.

Parte del panel de presentación del proyecto “Apoyo a la transformación y desarrollo sostenible de sistemas alimentarios locales a través del Acelerador Agrícola en el municipio de La Lisa”. Fuente: Juventud Técnica (2026).

Un análisis a priori de la brecha entre el proyecto de la Fundación UH y la realidad operativa permite identificar tres contradicciones dialécticas esenciales que condicionan el pretendido éxito de la academia en el sector agroalimentario.

Primeramente, existe una fractura entre el nivel de sofisticación de la investigación científica y la capacidad de implementación en el terreno. Mientras los centros de investigación de la UH desarrollan modelos desistemas alimentarios locales basados en la complejidad y la sostenibilidad, el actor social en el campo opera bajo una lógica de gestión de crisis.

Esta desconexión se manifiesta en que la ciencia produce soluciones para un sistema ideal que no existe en la práctica. La universidad diseña para un agricultor que tiene acceso a información técnica y recursos, pero el actor real carece de la infraestructura mínima para aplicar dicha tecnología. Por tanto, la innovación corre el riesgo de convertirse en una “ciencia de laboratorio”, sin transferencia efectiva.

Luego, la contradicción más evidente es de carácter material. El discurso de la innovación territorial sugiere una transición hacia una agricultura de precisión o agroecológica avanzada. Sin embargo, la realidad empuja la agricultura hacia un modelo de subsistencia tecnológica.

Por un lado, el discurso de innovación de la Fundación UH habla de optimización de sistemas alimentarios locales, gestión de datos, biotecnología, digitalización, gestión sostenible y circular de nutrientes a escala territorial y sistémica. Por otro, la realidad agrícola en Cuba enfrenta una supervivencia sin cobertura de necesidades básicas, empleando herramientas manuales y tracción animal a falta de maquinaria y en un contexto de escasez crónica de fertilizantes, semillas y combustibles, incluso a escala local y fragmentada. Semejante disparidad resulta un desperdicio de capital intelectual, ya que los conocimientos producidos por la universidad no encuentran un contexto real para su aplicación.

Asimismo, el proyecto de la Fundación UH propone la territorialización de la ciencia; lo cual es teóricamente correcto para evitar el centralismo. No obstante, existe una contradicción con la estructura de mando y planificación económica del país. Mientras la universidad propone una gestión descentralizada y adaptada a las particularidades locales, los mecanismos de distribución de recursos y la toma de decisiones macroeconómicas siguen siendo centralizados.

Annia Hernández Rodríguez, una de las directoras de la Fundación Universitaria de Innovación y Desarrollo, durante la presentación del proyecto. Fuente: Juventud Técnica (2026).

La innovación territorial requiere autonomía de decisión para los actores locales. En contraposición, el sistema de planificación actual a menudo impone metas de producción que no consideran las capacidades de innovación propuestas por la academia, creando un cortocircuito entre el “deber ser” científico y el “poder hacer” administrativo.

En conclusión, la innovación en el sector agroalimentario cubano corre el riesgo de convertirse en un ejercicio puramente académico si no se aborda la crisis de los insumos básicos. La ciencia de vanguardia propuesta por la Universidad de La Habana choca con una realidad de gestión de escasez, donde la prioridad del productor es la supervivencia inmediata y no la optimización sistémica a largo plazo.

La principal barrera para la efectividad de la Fundación UH no es la falta de calidad científica, sino la ausencia de un canal de transferencia que considere las limitaciones materiales del territorio. La desconexión estructural entre los modelos de sistemas alimentarios locales diseñados en la academia y la capacidad operativa de los actores sociales en el campo debe ser el primer aspecto a superar en cualquier proyecto abocado a la soberanía alimentaria de Cuba. Por tanto, la territorialización de la ciencia no puede ser solo un concepto de descentralización de la investigación, sino que debe implicar un proceso horizontal de repartición de los recursos y de la capacidad de decisión.

El éxito de la relación universidad-sector agroalimentario en Cuba depende de la transición de un modelo de difusión de conocimiento, donde la universidad enseña al productor, a un modelo de cocreación de conocimiento, donde la universidad aprende de la resiliencia del productor para diseñar soluciones factibles en el actual contexto de escasez.

Referencias consultadas

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