NOTA DE PRENSA N° 291
📷 Portada: Escuela primaria Gertrudis Gómez de Avellaneda, municipio Marianao (2026). Fuente: Página de Facebook de la usuaria Zea Giselle.
Cuba: curso 2026-2027. Triunfalismo vs. supervivencia.
El inicio de un curso escolar suele ser, en cualquier nación, un símbolo de renovación, esperanza y avance hacia el capital humano. En Cuba, el reinicio del ciclo lectivo se presenta institucionalmente como un triunfo de la voluntad política y la planificación estratégica. Sin embargo, este marco retórico colisiona frontalmente con una realidad estructural de crisis multidimensional.

Promoción de comparecencia televisiva de la ministra Naima Trujillo Barreto (2026). Fuente: Página oficial de Facebook del Ministerio de Educación de la República de Cuba.
El sistema educativo cubano, históricamente valorado por su cobertura y alfabetización, se encuentra hoy en una encrucijada donde la pedagogía no logra compensar la carencia de las condiciones materiales básicas para la existencia y el estudio. La contradicción no es solo semántica, sino ontológica: el Estado proyecta un futuro de desarrollo científico y técnico mientras la infraestructura que debe sostenerlo se desmorona por la falta de mantenimiento, suministros y servicios esenciales.

Escuela primaria Horacio Rodríguez, Santiago de Cuba (2026). Fuente: Archivo OLA.
Frente a un curso anterior que adelantó su cierre debido al agravamiento de la crisis, el discurso oficial difundido por medios estatales como Cubadebate y la Mesa Redonda encuadra el inicio del curso escolar en una lógica de superación de obstáculos. Tanto la ministra de Educación, Naima Trujillo, como otros directivos, presentaron las dificultades actuales como “desafíos” coyunturales que la sociedad cubana debe vencer mediante la disciplina y el compromiso revolucionario, y no como fallos sistémicos.
La narrativa oficial enfatiza la resiliencia institucional, promoviendo la idea de que el sistema escolar puede operar y mantener sus estándares a pesar de las limitaciones externas del embargo, así como las internas. En este sentido, apela a la unidad entre maestros, alumnos y la comunidad para garantizar el cumplimiento de las metas académicas.
No obstante, este discurso omite la naturaleza estructural de los problemas: crisis multidimensional que atraviesa desde la alimentación hasta el sector energético. Semejante escasez es transformada en una prueba de carácter, desviando de esta manera la atención de la responsabilidad estatal de proveer las garantías mínimas para el ejercicio del derecho a la educación.
En especial, la brecha entre el discurso y la realidad se manifiesta en la degradación de los servicios básicos, que actúan como catalizadores de la crisis educativa.
La educación moderna requiere de condiciones ambientales controladas y acceso a tecnologías. Los constantes apagones —que afectan tanto a hogares como a centros educativos— interrumpen los procesos de estudio, limitan la capacidad de los docentes para preparar clases y anulan el uso de herramientas digitales. A esto se suma la irregularidad en el suministro de agua potable, un factor crítico para la higiene en los centros escolares, especialmente en entornos de alta densidad estudiantil, lo que incrementa el riesgo de enfermedades y deteriora la dignidad de la vida escolar.

Centro escolar en la ciudad de Guantánamo (2026). Fuente: Archivo OLA.
Uno de los puntos más críticos es la capacidad de la escuela para cumplir su función de soporte nutricional. La escasez de alimentos no solo afecta la salud física de los estudiantes, sino también su capacidad cognitiva. Un estudiante con hambre no puede concentrarse; asimismo, un sistema que no garantiza la alimentación escolar falla en su misión de equidad social. De hecho, el MINED reconoció que solo tiene garantizadas dos semanas de alimentación en las localidades donde funcionarán modalidades de internado y seminternado.
De igual modo, el acceso a las instituciones de enseñanza se ha convertido en una odisea diaria. La falta de transporte público eficiente y la escasez de combustible obligan a estudiantes y maestros a realizar largas caminatas o a depender de medios privados costosos, lo que genera fatiga extrema y absentismo. Esta problemática es especialmente aguda para aquellos que residen en zonas periféricas o rurales, profundizando la brecha de desigualdad dentro del propio sistema educativo.
Otro año más, uno de los aspectos más álgidos es el déficit de docentes. La propia ministra de Educación reconoció que el curso iniciaría este 1º de septiembre con cerca de un 30% de maestros faltantes, llegando a ser esta situación bastante preocupante en la capital; en tanto, Matemáticas se encuentra entre las asignaturas más afectadas, sobre todo en las provincias orientales. Incluso, en la educación preescolar, se han llegado a registrar 46 alumnos en un aula para un único educador.
El tema de los uniformes tampoco ha sido resuelto. En el mes de agosto, la industria textil dedicada a la confección de estas prendas apenas alcanzó 12% de lo previsto. A este problema se suma que las tallas comercializadas no corresponden con la demanda real. Todo esto provoca que cientos de miles de niños se vean obligados a incumplir el reglamento escolar, aun cuando las reglas hayan sido flexibilizadas. Esto, sin contar con los gastos extras que los padres se ven obligados a hacer al tener que comprarlos en el mercado negro o adecuarlos con costureras.
Muchas madres cubanas comentan en redes sociales como Facebook su descontento con semejante situación y advierten que no incorporarán a sus hijos al presente curso escolar mientras no estén garantizadas las condiciones mínimas para su bienestar en los centros docentes y en sus hogares. Otras, aunque están de acuerdo con esta postura, se ven obligadas a enviarlos a las escuelas a pesar de las limitaciones ante la necesidad de trabajar y la falta de personas que puedan apoyar o sustituir las funciones de cuidador que también ejercen estas instituciones, sobre todo en la enseñanza primaria.

Post de madre preocupada ante el inicio inminente del curso 2026-2027. Fuente: Tomado de Facebook.
El nivel medio superior también sufre obstáculos, en especial aquellos centros que funcionan con un régimen interno. El Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin inició el curso sin suministro de agua potable ni 400 colchones para sus alumnos. La dirección de la escuela pidió a los padres que colaboraran llevando soportes donde sus hijos pudieran dormir, así como equipos de respaldo energético. A su vez, Facebook acogió una campaña de recaudación y donaciones dirigida a sus egresados para sostener el presente curso.
La educación universitaria tampoco está exenta de problemas. Los educandos de Medicina de Santiago de Cuba revelaron un fenómeno alarmante cuando alumnos de primer y segundo año rechazaron retomar las clases presenciales por la imposibilidad de cubrir necesidades básicas como transporte y alimentación.
El estipendio que reciben estos alumnos es de 200 CUP, lo cual no solo no les alcanza para nada, sino que, incluso, les fue dejado de pagar desde el curso anterior. Paradójicamente, el Ministerio de Educación Superior les exige una disciplina y un sacrificio extremos para formarse como profesionales. El rechazo a regresar a las aulas no puede achacarse entonces a una falta de interés académico, sino que constituye una respuesta lógica ante un entorno hostil. Un abandono masivo de los estudiantes de los primeros años dejaría un gran vacío a mediano plazo de estos profesionales, dentro de un sistema de salud también colapsado.
Por otra parte, los docentes cubanos enfrentan una doble carga: la exigencia de cumplir con un currículo riguroso y la lucha por sobrevivir en un entorno de precariedad. La infraestructura de las escuelas —muchas de ellas con techos en peligro de derrumbe, falta de mobiliario o instalaciones sanitarias inservibles— no es solo un problema estético, es un obstáculo pedagógico.
La desmotivación docente es un factor silencioso pero devastador. La baja remuneración, sumada a la inflación y a la dificultad de acceder a bienes básicos ha provocado una fuga de maestros hacia el sector privado o hacia el extranjero. El profesorado, que debería ser el motor del cambio social, se encuentra atrapado en una lucha por la supervivencia que erosiona su capacidad de innovación y su compromiso con el aula.
En resumen, el inicio del curso escolar 2026-2027 evidencia la contradicción entre el discurso oficial de “desafíos y proyecciones” y la realidad de apagones, hambre, sed, falta de transporte e infraestructura. No es solo una discrepancia de datos; es una fractura en la legitimidad del sistema educativo.
Mientras el Estado insista en utilizar una retórica de resiliencia para encubrir una crisis de gestión y recursos, la calidad educativa continuará en declive, corriendo el riesgo de convertirse en un ejercicio formal de promocionismo. Para que el inicio del curso escolar sea realmente un hito de progreso, es imperativo que las políticas públicas se desplacen desde la retórica de la voluntad hacia la garantía material de los derechos fundamentales. Sin electricidad, agua, comida y transporte, el derecho a la educación es una promesa vacía que solo profundiza la desesperanza de las nuevas generaciones.