NOTA DE PRENSA N° 282

Culto a Fidel y Raúl Castro, la sacralización como constructo pedagógico.

En el mes de mayo del presente año, el Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) publicó una convocatoria oficial a niños, adolescentes y jóvenes en Cuba a expresar su cariño por Raúl Castro, con motivo de su 95 cumpleaños el próximo 3 de junio. “Queremos que los pioneros, los adolescentes, los jóvenes, […] expresen su amor en cada escuela, comunidad […] contando qué significa Raúl en nuestra vida cotidiana, […] y todas las iniciativas que sirvan para homenajear a ese hombre excepcional”.

El texto del llamado lo califica como un hombre que tiene “la lealtad como principio de vida”, capaz de defender la Revolución “con ternura y con fusil”. Asimismo, destaca su liderazgo en la actualización del modelo económico y su promoción constante de la paz, y lo exalta como “líder a toda prueba”. Insiste, también, en que este año encuentra la memoria de Fidel Castro guiando con el aliento que da la presencia de Raúl.

Post con el llamado a celebrar el cumpleaños de Raúl Castro. Fuente: página oficial de Facebook de la UJC (2026).

Esta campaña no solo coincide con las celebraciones oficiales por el centenario del natalicio de Fidel Castro, sino que fue publicada en el marco de las acusaciones formales del gobierno estadounidense en contra del exministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias por el derribo de dos avionetas estadounidenses en 1996, en el que fallecieron sus tripulantes. Resulta evidente, por tanto, que los festejos públicos por su cumpleaños conforman una operación mayor de apoyo y blanqueo de su figura, con la niñez y las escuelas como parte central del soporte.

Hay que tener en cuenta que, si bien la educación, en su concepción democrática y humanista, busca el desarrollo de la autonomía, el juicio crítico y la capacidad de cuestionamiento del individuo, la escuela deja de ser un espacio de liberación en contextos de gobierno de partido único para convertirse en un instrumento de reproducción ideológica. Fenómeno que alcanza en Cuba una dimensión particular justo mediante la sacralización de las figuras de Fidel y Raúl Castro. De hecho, los Ministerios de Educación cubanos permiten el uso de la iconografía y la retórica de los líderes revolucionarios en la enseñanza, no como un proceso incidental, sino como parte de un diseño estructural destinado a garantizar la supervivencia del sistema mediante la formación de generaciones con una lealtad preestablecida y una resistencia cognitiva al disenso.

Alumnos de primaria en Holguín portan fotos de Fidel y Raúl Castro, así como banderas cubanas y carteles donde se lee “Fidel es el pueblo”, con motivo de la caravana que transportó las cenizas de este tras su muerte en 2016. Fuente: CNN (2018).

Para comprender la magnitud del fenómeno, es necesario distinguir entre socialización política y adoctrinamiento. En tanto la primera es el proceso natural por el cual un individuo aprende las normas y valores de su sociedad; el segundo, por el contrario, implica la imposición de un conjunto de creencias sin posibilidad de réplica, utilizando la autoridad del maestro y la estructura estatal para validar una única verdad.

En Cuba, la educación opera bajo la premisa de la “unidad de la escuela y la sociedad”. Según la teoría de la reproducción social de Pierre Bourdieu, las instituciones educativas tienden a reproducir el orden cultural y político dominante. En el caso cubano, no solo enseñan contenidos académicos, sino que actúan como un agente de “capital cultural ideológico”, donde la lealtad a la figura de los Castro se convierte en un requisito para la integración social.

En el mismo plano teórico, Antonio Gramsci plantea que la clase dominante no mantiene el poder solo mediante la coerción (fuerza policial, leyes, ejército), sino fundamentalmente mediante la hegemonía (consenso cultural) sobre las clases subalternas, o sea, el pueblo. Para ello, es indispensable que los dominados acepten su posición como algo natural a través de un adoctrinamiento cultural y educativo. En el contexto cubano, el sistema educativo funciona como el motor que transforma la ideología del Partido Comunista en “sentido común” para las nuevas generaciones a través de una narrativa histórica unificada y la sacralización de los líderes.

En este orden de ideas, la imposición de Fidel y Raúl Castro no se realiza únicamente mediante la instrucción directa, sino a través de una semiótica omnipresente en el entorno escolar. Desde la educación preescolar, el ambiente visual del niño está saturado de símbolos. Los retratos de Fidel y Raúl Castro ocupan lugares de honor en las aulas, las oficinas de dirección y los pasillos. Esta disposición espacial no es estética, sino jerárquica. Al integrar la imagen de los Castro en la iconografía escolar, el sistema logra que el estudiante no vea a un político, sino a un símbolo moral. El liderazgo se vuelve parte de la identidad nacional.

Mural con la imagen de Fidel y Castro en una escuela en Las Terrazas, Pinar del Río. Fuente: Alamy.

Adicionalmente, la enseñanza de la historia en Cuba sufre un proceso de “biografismo”. La historia moderna de la nación se reduce, en gran medida, a la lucha de los Castro. Los hitos históricos del país se presentan en los libros de texto no como procesos sociales complejos, sino como victorias individuales o colectivas orquestadas por la genialidad de Fidel. La historia tampoco se enseña como un proceso de múltiples interpretaciones, sino como una teleología que culmina, necesariamente, en la Revolución y en las figuras de Fidel y Raúl Castro.

Diálogo (1982), pintura de Carmelo González que representa la continuidad histórica de la Revolución desde José Martí hasta Fidel Castro. Fuente: Cubadebate (2021).

Para los estudiantes, desde muy pequeños, la comprensión de la soberanía nacional se vuelve inseparable de la figura de Fidel. Se construye un relato donde el “padre de la Patria” se concibe en la figura del líder revolucionario. Este proceso busca que el niño no pueda concebir la identidad cubana sin la mediación de los líderes del proceso de 1959.

Celebración de estudiantes cubanos con Fidel Castro. Fuente: Trabajadores (2017).

Incluso, la transición del liderazgo de Fidel a Raúl Castro no fue un proceso de institucionalización democrática, sino una transferencia de poder que se mostró como una necesidad histórica. Mediante la narrativa de la “continuidad”, se ha educado a los niños que la figura de Raúl es la extensión natural de la voluntad de Fidel. Esta construcción pedagógica presentó la sucesión como un mandato casi místico. De esta manera, el Estado intentaba blindar la transición contra cualquier intento de pluralismo, convenciendo a las nuevas generaciones de que la única vía de supervivencia nacional era la permanencia de la familia Castro en el poder.

Asimismo, la imposición de las figuras de Fidel y Raúl Castro no se limita a la instrucción en el aula; se extiende a la vida social de los alumnos a través de una estructura jerárquica de organismos de masas. En Cuba, la transición de la infancia a la adolescencia está marcada por la integración obligatoria (o de facto) a organizaciones como la Organización Pioneril José Martí (OPJM), la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM) y la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

Raúl Castro inviste a pioneros cubanos con la pañoleta escolar, símbolo que los identifica como miembros de la OPJM. Fuente: Juventud Rebelde (2026).

Para los niños en edad escolar primaria y secundaria, la pertenencia a la OPJM es el primer contacto con la disciplina política. Aunque el nombre evoca a un prócer nacional, la práctica ritualista está diseñada para la veneración del liderazgo actual. Los actos escolares, las marchas y los juramentos no son meras ceremonias cívicas; son rituales de reafirmación de lealtad. Por ejemplo, en la Parada Juvenil Antimperialista “Aquí con Fidel”, desfilaron niños de primaria, vestidos con sus uniformes escolares.

Estudiantes de primaria en la Parada Juvenil Antimperialista “Aquí con Fidel”. Fuente: ACN (2026).

En estos actos, la figura de Fidel Castro se presenta como el guía que permite la existencia de la organización. El niño aprende que su identidad como “pionero” está condicionada a su capacidad de replicar el entusiasmo por los logros de la Revolución. De hecho, la estructura de la OPJM funciona como un sistema de vigilancia de pares, donde el cumplimiento de las normas ideológicas y la expresión de afecto hacia los líderes se convierten en indicadores de “buen comportamiento” y “moral revolucionaria”.

A medida que el estudiante avanza hacia la educación preuniversitaria, el enfoque cambia de la admiración infantil a la militancia adolescente. Las captaciones tempanas de la UJC —la cantera del Partido Comunista de Cuba— actúan como filtro de selección de la futura élite estatal. Aquí, la figura de los Castro adquiere un peso institucional mayor, como garantes de la disciplina y de la continuidad del orden establecido.

La presión de grupo en estos organismos es fundamental. El estudiante que no muestra una adhesión activa al culto a la personalidad corre el riesgo de ser etiquetado como “desafecto”, lo que tiene consecuencias tangibles en su trayectoria académica y en sus oportunidades de acceso a la educación superior. Así, la imposición de los líderes deja de ser un proceso puramente pedagógico para convertirse en una herramienta de control social y profesional.

Para cerrar el triángulo de presión simbólica sobre los educandos, al currículo escolar y a las organizaciones de masas estudiantiles se suman los medios de comunicación. Estos últimos no solo son usados como respaldo bibliográfico en los trabajos académicos de los alumnos, sino que luego, en el ámbito doméstico, siguen reforzando la narrativa escolar.

Sin embargo, la imposición sistemática de una narrativa única genera efectos profundos en la arquitectura cognitiva del individuo en desarrollo. El proceso de formación de la identidad se ve comprometido por la necesidad de ajustarse a un molde ideológico predefinido.

Uno de los impactos más severos es la generación de disonancia cognitiva. A los niños se les instruye que viven en una sociedad de “éxito revolucionario” y que sus líderes son figuras infalibles y providenciales. Mas, a medida que crece, el estudiante comienza a observar la escasez de recursos, la precariedad de los servicios y la falta de libertades civiles.

Para resolver el conflicto entre lo que se le dice (la narrativa de los Castro) y lo que observa (la realidad material), el alumno tiene dos caminos: el cuestionamiento de la verdad oficial o la negación de la propia percepción. En el sistema cubano, se incentiva la segunda opción mediante el miedo y la sanción social. Esto produce una fragmentación del pensamiento, donde el individuo aprende a manejar una “verdad pública” (cumplidora de la norma) y una “verdad privada” (la percepción real), impidiendo la formación de una conciencia integrada y crítica.

De igual modo, la educación basada en el culto a la personalidad desplaza la moralidad individual por la moralidad de obediencia. El criterio de lo que es bueno y justo deja de basarse en principios éticos universales o en la empatía social y se construye en base a la utilidad para el proyecto político de los líderes. Si la acción es fiel a la línea de Fidel o Raúl, es moralmente correcta; si la cuestiona, entonces es reprobable. Este desplazamiento anula la capacidad del individuo para desarrollar una brújula moral autónoma, creando ciudadanos dependientes de la autoridad para la validación de sus actos.

Pionero cubano frente a la pared de una escuela en Las Terrazas, Pinar del Río, donde se lee la consigna ¡Vas con Fidel!. Fuente: Alamy.

En otro orden de ideas, la comparación entre el culto a la personalidad en la educación cubana con otros países de partido único, como el caso de Corea del Norte y la antigua URSS, arroja diferencias sutiles. Si bien en la nación asiática el líder es visto casi una deidad absoluta, con un carácter religioso dinástico, y en la Unión de Repúblicas Socialistas se contemplaba desde una perspectiva ideológico-institucional como encarnación de la ciencia marxista, en Cuba tiene un enfoque carismático-político, como guía absoluta de la lucha contra el imperialismo. O sea, en los respectivos casos, “los líderes históricos” encarnaban pureza racial y lealtad absoluta al linaje, progreso técnico, ciencia y lucha de clases, y resistencia nacionalista y soberanía. Asimismo, mientras la presencia semiótica en las aulas es alta en Cuba, a partir de retratos efemérides y discursos; en Corea del Norte se considera omnipresente, incluso con rituales de reverencia, y se mostró variable en la URSS, más fuerte en la época estalinista y de manera más institucional en la era leninista.

Desarrollando un poco más esta comparación, se puede decir que, en Corea del Norte, el culto es teocrático y dinástico. La supervivencia del sistema depende de la devoción a la familia Kim y no existe una distinción entre Estado, patria y líder. Por tanto, la educación se convierte en una forma de liturgia religiosa, en la que los estudiantes no solo estudian la historia, sino que realizan rituales de adoración, como el juche. Este culto hereditario era rechazado por el marxismo ortodoxo soviético.

Aula en una escuela en Corea del Norte. Fuente: Plano Informativo (2025).

Por su parte, en la URSS, el líder se definía como encarnación de la verdad. Empero, dirigentes como Lenin y Stalin promovieron modelos diferentes dentro del mismo sistema. En la época de Lenin, el culto era más intelectual, inclinado hacia la idea que él representaba como el “maestro de la teoría”. La educación, entonces, se centraba en la alfabetización y la formación de la conciencia de clase.

A su vez, durante el gobierno estalinista, el modelo se asemejó un poco más al de Cuba. Se creó un culto iconográfico donde Stalin era el “Gran Arquitecto” y la educación se convirtió en un instrumento de propaganda masiva para validar la autoridad del Partido.

Retratos de Lenin y Stalin en una escuela soviética en 1938. Fuente: El Español (2022).

No obstante, de manera general, el modelo soviético buscaba la universalidad, definiéndolo como el camino para toda la humanidad.

En el caso cubano, los líderes son vistos como símbolo de resistencia, por lo que el culto a la personalidad en la educación tiene un matiz nacionalista. El objetivo no es solo adorar a un hombre, sino identificar la supervivencia de la nación con figuras como Fidel y Raúl Castro a través de su biografía, que incluye “sacrificio”, “voluntad”, “combate”, como protectores contra el “enemigo externo” (Estados Unidos).

En resumen, Corea del Norte legitima su educación en la sangre y la tradición, donde los alumnos son obligados a sentirse parte de una fe; la URSS lo hacía en torno a la historia y a la ciencia, donde los educandos pensaban sentirse parte de un proyecto global; y Cuba la mantiene sobre la base de la lucha por la soberanía, donde el sentimiento de identidad de los estudiantes es manipulado para que se identifiquen como parte de una lucha.

Aunque organizaciones internacionales educativas como la UNESCO y la UNICEF no suelen emitir comunicados directos contra los países por sus modelos políticos —en este caso de partido único— y rara vez usan el término “culto a la personalidad” en sus informes técnicos para evitar crisis diplomáticas, sus estándares de calidad educativa, libertad académica y derechos humanos son directamente opuestos a las prácticas de adoctrinamiento centradas en la figura de un líder único. Su postura se fundamenta en tres pilares que vulnera el culto a la personalidad.

Primeramente, para organizaciones como la UNESCO, por ejemplo, el objetivo de la educación es desarrollar el “pensamiento crítico” y la capacidad de juicio autónomo. La educación debe fomentar la curiosidad y la duda metódica, no la veneración de dogmas o figuras individuales. Sin embargo, el culto a la personalidad requiere la unidireccionalidad del pensamiento; por tanto, si la educación tiene como fin que el estudiante acepte una verdad absoluta e incuestionable como la infalibilidad del líder, entonces se anula la capacidad de análisis crítico.

En segundo lugar, la educación está ligada al derecho de los niños y jóvenes a recibir información veraz y diversa. Los marcos de la UNESCO promueven la “educación para la ciudadanía mundial”, con el requisito indispensable de que la enseñanza de hechos históricos esté basada en evidencia y en la exposición a múltiples perspectivas, no condicionada por una narrativa única estatal. Empero, el culto a la personalidad suele ir acompañado de la reescritura de la historia para favorecer la narrativa del líder; lo cual implica censura, omisión de errores del Gobierno y manipulación de hechos históricos.

Por último, protocolos de organizaciones como la UNICEF y convenios de la OIT —en términos de derechos de desarrollo— enfatizan que el niño es un sujeto de derechos, no un objeto de la voluntad del Estado. Sin embargo, el culto a la personalidad utiliza la educación como una herramienta de manipulación psicológica y emocional con el objetivo de crear un vínculo de dependencia afectiva entre el alumno y el líder; lo cual se considera una forma de control social que impide el desarrollo de una personalidad independiente. Ante esto, defienden una educación que promueva la autonomía del sujeto y que proteja al estudiante de ser utilizado como instrumento de propaganda política.

Por ello, mientras el Estado cubano siga capturando la etapa más vulnerable del desarrollo humano, o sea, la infancia, a través de la iconografía, la manipulación de la historia y la presión de los organismos juveniles, no podrá existir en el país una transición política orgánica. La desmitificación de las figuras de Fidel y Raúl Castro, así como la recuperación de una educación basada en la autonomía y la verdad histórica, son tareas pendientes para la reconstrucción de la dignidad ciudadana en Cuba.

Referencias consultadas

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