NOTA DE PRENSA N° 281

Narrativa del miedo como cultura escolar en Cuba.  

En los últimos meses, la escalada de la tensión política entre Cuba y Estados Unidos ha retornado a niveles similares a los de la época de la Guerra Fría. Aunque el gobierno estadounidense no ha declarado explícitamente hasta ahora ninguna intención de invadir el país, el discurso oficial de La Habana enfatiza una retórica de defensa ante un supuesto escenario de guerra. De hecho, las palabras se han concretado en la práctica no solo con ejercicios militares, sino incluso con la distribución de una Guía familiar para la protección de la población ante una agresión militar, redactada por el Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil.

Según las indicaciones, niños, embarazadas, ancianos y personas inválidas deben ser evacuados en estructuras subterráneas, en caso de sonar la alarma aérea. Al parecer, a este procedimiento responde la exigencia de algunas escuelas primarias de que los alumnos usen manillas con sus nombres completos y número de identidad. Si bien esta situación aún no se ha reportado en todas las provincias del país, sí ha sido denunciada en Santiago de Cuba.

Escuela primaria en Santiago de Cuba. Fuente: archivo de OLA-Cuba (2026).

En más de una escuela santiaguera, varios familiares declararon que se realizaron reuniones en las primarias para informarles, a menos de un mes del cierre del curso escolar, que los niños deberían llevar esas pulseras en caso de bombardeos. La primera denuncia, reportada por una madre al periodista independiente Yosmay Mayeta Labrada, fue confirmada por otras madres, padres y abuelos en los comentarios.

Captura de pantalla del post que denuncia la exigencia de manillas identificativas a niños de primaria en Santiago de Cuba. Fuente: página de Facebook de Yosmany Mayeta Labrada (2026).

Aun cuando esta situación solo se haya reportado localmente, resulta preocupante por varios motivos.

En primer lugar, se debe recordar que el sistema educativo en Cuba no opera solo como un mecanismo de transmisión de conocimientos académicos; sino que constituye, fundamentalmente, un eje central de la arquitectura estatal destinado a la socialización política de la población. Desde la consolidación del modelo socialista en la Isla a inicios de la década de 1960, las escuelas han sido concebidas como el espacio primigenio donde se moldea la identidad del “Hombre Nuevo”.

En este modelo, el hecho de que la educación sea un derecho garantizado por el Estado disminuye ante su uso como herramienta del Partido Comunista de Cuba (PCC) a través del énfasis en la historia de las luchas sociales, la defensa de la soberanía nacional y la crítica al imperialismo. Desde la primera infancia, la pedagogía cubana, más que un ejercicio de neutralidad axiológica, es un proceso dirigido a la formación de una ciudadanía comprometida con la preservación del orden revolucionario.

Con este fin, en las escuelas se reproduce una narrativa de defensa nacional. O sea, el Gobierno se ha ocupado de convertir la educación en un baluarte de resistencia psicológica frente a la percepción de un asedio externo constante. En tal sentido, se trabaja en inculcar a los alumnos que la supervivencia del sistema depende de la unidad y la vigilancia ante amenazas externas. Así, se obliga a los estudiantes a interpretar la realidad a través de la confrontación geopolítica.

Lamentablemente, en Cuba, la formación ética no puede entenderse de forma aislada de la narrativa del conflicto bélico y la amenaza de intervención extranjera. La narrativa de un estado de guerra se infiltra de manera transversal en diversas áreas del conocimiento. En la asignatura de Historia, por ejemplo, se repite que la lucha del pueblo cubano es continua. Este enfoque establece una lógica de “lucha perpetua”, en la que el estudiante aprende que la paz no es un estado natural, sino un logro frágil que requiere vigilancia constante. Por consiguiente, la historia termina siendo un manual de preparación para amenazas futuras.

Un elemento distintivo dentro de este modelo educativo en Cuba es la gestión de la percepción de la amenaza de bombardeos o invasiones militares, explicado siempre a partir del desembarco en Playa Girón a inicios de los años 60. Aunque este hecho sucedió seis décadas atrás, sigue sirviendo como una especie de espada de Damocles, cuyo fantasma se sustenta en la retórica del “asedio” o el “bloqueo” estadounidense como un marco interpretativo de la realidad económica y social. Al integrar la posibilidad de un conflicto armado inminente en el imaginario escolar, el Estado logra transformar el miedo potencial en un mecanismo de cohesión social y disciplina colectiva.

Esta integración de la amenaza tiene consecuencias directas en la cultura escolar y en la dinámica del aula. De este modo, la escuela se convierte en antesala de la emergencia, observable en prácticas que, aunque pueden parecer ejercicios de orden, tienen una carga simbólica de preparación para la defensa: la organización de brigadas y el énfasis en la disciplina colectiva. La figura del “enemigo” —personificado en el imperialismo— actúa como un contrapunto necesario para definir la identidad revolucionaria de los alumnos.

Día de Preparación para la Defensa en la Escuela Primaria Reemberto Abad Alemán. Fuente: Escambray (2022).

Desde una perspectiva sociológica en el ámbito de la pedagogía, el concepto de “estado de excepción”, popularizado por el filósofo Giorgio Agamben, visibiliza cómo el sistema educativo deja de ser un espacio de libre pensamiento. En el contexto cubano, este fenómeno alcanza su máxima expresión justamente a través de la construcción del relato pedagógico basado en la resistencia frente al enemigo externo. La narrativa estatal ha estructurado el sistema educativo de tal manera, que la identidad nacional se funde con la resistencia al imperialismo. Aquí, la educación se convierte en un mecanismo de defensa psicológica y sociopolítica.

La cosmogonía de lucha construida desde la educación primaria actúa como un filtro que protege la psique de los jóvenes contra las influencias culturales y políticas externas, catalogadas como formas de “guerra psicológica” o “imperialismo cultural”. El estudiante es educado para sentirse parte de una comunidad sitiada y cualquier pensamiento fuera de ella es asociada con traición al proyecto nacional.

Por tanto, el concepto del “estado de excepción” aplicado a la pedagogía es una arquitectura psíquica que se instala en el cerebro del niño, produciendo un impacto profundo y erosivo en el desarrollo cognitivo y emocional de las nuevas generaciones.

Uno de los mecanismos más sutiles y dañinos en la pedagogía de la excepción es la infantilización del miedo mediante el uso de metáforas bélicas para explicar la realidad cotidiana. En la Cuba actual, la escasez de alimentos, las fallas en los servicios básicos o la precariedad de la infraestructura no se presentan como problemas de gestión o de crisis económica, sino como “ataques” o “sabotajes” del enemigo externo. Al utilizar un lenguaje de guerra para explicar la vida diaria, se priva al niño de las herramientas conceptuales para entender la causalidad real. Si la falta de alimentos en la escuela no es un problema de logística o de economía, sino un “acto de guerra”, el educando no aprende sobre economía, política o resolución de problemas; aprende que el mundo es un lugar donde las cosas son culpa de un mal externo que debe ser combatido.

Niños de la primaria Horacio Rodríguez, en Granma, participan en ejercicios dirigidos por la Defensa Civil. Fuente: CiberCuba (2022).

A nivel emocional, el desarrollo de la personalidad se ve distorsionado. La identidad de los niños cubanos, moldeada en este sistema, tiende a construirse sobre el trauma colectivo o transgeneracional, generado por la exposición prolongada a narrativas de amenaza de guerra. El miedo no es solo una emoción que se siente; es un estado biológico que se hereda, además, a través de la epigenética y de patrones de comportamiento aprendidos.

La mayoría de los abuelos con nietos en edad escolar o padres tardíos aún recuerdan los simulacros de bombardeos y otros ejercicios comunes durante su infancia entre los años 70 y 80. En esa época, el sonido de la alarma antiaérea indicaba que debían salir corriendo y esconderse, alejados de sus padres, quienes debían cumplir otras funciones en la “guerra de todo el pueblo”. La sensación de miedo y paranoia en esas generaciones era exacerbada, además, por el rompimiento del núcleo familiar en los momentos de supuesto peligro, generando confusión y profunda angustia en los niños de entonces.

Entradas a túneles defensivos en Cuba. Fuentes: Diario de Cuba y archivo de OLA-Cuba (2026.)

Asimismo, este mecanismo altera la evolución emocional infantil. El cerebro de un niño requiere un entorno de predictibilidad y seguridad para desarrollar funciones ejecutivas y una regulación afectiva saludable. Cuando el entorno escolar —o familiar— está permeado por discursos de conflicto o desastres, su sistema nervioso se mantiene en un estado de lucha o huida; lo cual desencadena una respuesta defensiva en vez de la empatía. Ya sea que la narrativa del miedo desarrolle en el niño una personalidad complaciente para evitar el conflicto o agresiva como mecanismo de defensa, indudablemente limita su capacidad de establecer vínculos afectivos sanos.

Por otra parte, también se distorsiona la percepción de la realidad debido al uso constante y desproporcionado del miedo. Los niños, sobre todo, pierden la capacidad de distinguir entre riesgos reales y amenazas retóricas porque su realidad se filtra a través de un lente de paranoia. Esta distorsión erosiona desde temprano su pensamiento crítico, haciéndolos más susceptible a la manipulación.

En esto influye mucho la teoría del aprendizaje social, propuesta por Albert Bandura, quien demostró que la formación ocurre principalmente mediante la observación y la imitación. O sea, para un niño, el entorno no es solo un conjunto de reglas, sino un escenario de modelos conductuales donde los adultos (padres, maestros y cuidadores) actúan como arquitectos de la percepción infantil, validando o no las formas en que interpreta la realidad.

Desde un punto de vista clínico, el trauma y los trastornos de estrés postraumáticos generados por esta causa no deben entenderse solo como reacciones emocionales, sino implican también alteraciones profundas en la biología y la arquitectura del cerebro. Cuando un niño vive en un estado de miedo constante, su sistema de supervivencia se activa de forma crónica, transformando la respuesta biológica al estrés en una amenaza para su propio desarrollo neurológico.

En condiciones normales, el hipotálamo y la glándula pituitaria se activan ante un peligro, liberando cortisol para movilizar energía y permitir la respuesta de lucha o huida; cuyos niveles deben bajar toda vez pasado el peligro. Sin embargo, en los niños con trauma sostenido, este ciclo de recuperación se rompe y el estrés agudo que experimentan deriva en un estrés tóxico.

Infografía de la relación entre el cortisol, la amígdala y el sistema límbico. Fuente: Instituto de Neurociencia de Puebla (2026).

El impacto del cortisol elevado de forma crónica es devastador para el cerebro en desarrollo, demasiado vulnerable a los entornos adversos. Las consecuencias de esta elevación, para el cuerpo, incluyen hipertrofia de la amígdala; reducción de la neurogénesis y atrofia del hipocampo; y debilitamiento de la corteza prefrontal. El resultado de este desequilibrio es un cerebro deficiente en la regulación y el aprendizaje.

En otro orden de cosas, la paranoia generada desde las aulas cubanas a sus educandos, en contraste con países en estado de guerra (Ucrania, Gaza o Yemen), es un constructo ideológico diseñado para el control social y no una respuesta neurobiológica al trauma. La hipervigilancia constante en la que se vive no se debe a un peligro físico inminente, sino a la conveniencia de una narrativa política. Para los niños de los países con conflictos bélicos, el enemigo es una realidad material en forma de soldado, de proyectil, ante los cuales hay que refugiarse; en el caso cubano, el enemigo no es más que es una abstracción política llamada “imperialismo”.

Al respecto, organismos internacionales reivindican que la educación debe ser un escudo psicológico contra la desintegración del ser, no provocarla. Por ejemplo, para la OMS y la UNICEF, la violencia psicológica no se limita a los golpes o los insultos; sino que la definen como cualquier acción que degrade la integridad emocional, la autoestima y la percepción de seguridad de un niño.

Estas organizaciones postulan que la deshumanización desarrollada a propósito en entornos educativos constituye una forma de violencia cognitiva. Sobre esto, la UNESCO advierte que el uso del currículo escolar para propagar el odio o la sospecha ejerce una violencia psicológica que altera el desarrollo del pensamiento crítico, sustituyéndolo por un pensamiento binario de antagónicos. Este daño es mayor aún porque reconfigura la arquitectura neuronal del niño, instalando patrones de desconfianza y miedo que pueden perdurar toda la vida.

Otro concepto clave que los organismos de salud mental y protección infantil manejan es la paranoia bélica, entendida no como una patología psiquiátrica individual, sino como un estado de hipervigilancia colectiva. La UNICEF sostiene que los niños que crecen bajo amenaza de bombardeos o presencia militar desarrollan un estado de alerta constante, pedagógicamente devastadora. La neurociencia aplicada a la educación, respaldada por la OMS, postula que un cerebro en estado de supervivencia no puede aprender debido al bloqueo de las funciones de la corteza prefrontal causado por el desequilibrio homeostático en los niveles de cortisol.

Por tanto, la paranoia bélica transforma la escuela en un espacio de evaluación de riesgos donde los niños no están analizando conceptos matemáticos o literarios; sino sonidos, sombras y comportamientos de adultos para predecir la llegada de una amenaza. Esta paranoia “funcional” erosiona la capacidad de concentración y genera una fragmentación del aprendizaje que las organizaciones internacionales califican como una pérdida de capital humano y desarrollo cognitivo a escala generacional.

En resumen, en las aulas cubanas no ocurre una observancia, y mucho menos una implementación, de la pedagogía de la paz promovida por la UNESCO. Esta filosofía educativa integral determina que, para contrarrestar la violencia psicológica y la paranoia, se debe:

  • garantizar predictibilidad mediante una rutina, con la estructura y presencia de figuras de autoridad emocionalmente estables para los niños, que conviertan a las escuelas en lugares donde puedan “bajar la guardia”;
  • combatir la deshumanización (violencia psicológica) a través de un currículo que fomente la empatía y desmantele los prejuicios y discursos de odio que suelen utilizarse en los conflictos bélicos para justificar la violencia; e
  • integrar el manejo de emociones, de modo que el miedo no se convierta en paranoia ni en violencia y no genere traumas imposibles de rebasar.

Portada del documento de la UNESCO con recomendaciones para una educación para la paz. Fuente: UNESCO (2024).

Para las organizaciones internacionales, la protección de la salud mental infantil en la educación es una obligación legal y de derechos humanos, no un acto de caridad. La conclusión de estos organismos es clara: la violencia psicológica y la paranoia bélica son formas de “muerte civil” que impiden que el niño se convierta en un ciudadano pleno.

Sin embargo, en Cuba, la realidad escolar está cada vez más alejada de una pedagogía de paz. Lamentablemente, el gobierno cubano no entiende —o no le importa— que la instrumentalización del miedo en las aulas, lejos de preparar a la infancia para la defensa de la soberanía, produce un daño estructural en el desarrollo emocional y cognitivo de los menores. Por tanto, mientras no haya un cambio real en la cosmovisión escolar hacia sus educandos, profundamente marcada por una narrativa de asedio constante, nociones de guerra, amenazas de bombardeos y la inminencia del conflicto armado, la sociedad cubana estará cada vez más lejos de funcionar desde el pensamiento crítico y la estabilidad psíquica necesarios para avanzar en el desarrollo de una nación.

Fuentes consultadas

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