NOTA DE PRENSA N° 267

Escuelas Militares en Cuba: “Camilitocracia” vs. Cultura de Paz.

En el panorama educativo de Cuba, las Escuelas Militares Camilo Cienfuegos (EMCC), —conocidas popularmente como “Camilitos”— se erigen como el puente fundamental entre la vida civil y la carrera de armas. Fundadas en la década de 1960, estas instituciones no son meros centros de enseñanza media superior; representan un proyecto sociopolítico diseñado para garantizar la continuidad generacional de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y, por extensión, la supervivencia del modelo estatal cubano.

La creación de las EMCC el 23 de septiembre de 1966 no fue un evento fortuito. Tras el triunfo de la Revolución en 1959, el nuevo Gobierno se enfrentó a la necesidad de transformar un ejército guerrillero en una fuerza militar profesional y moderna, capaz de enfrentar amenazas externas, especialmente de Estados Unidos. Raúl Castro, entonces ministro de las FAR, comprendió que la profesionalización requería una base académica sólida. Era conocedor del sistema formativo militar precedente, basado en las academias militares que aportaban recursos humanos al Ejército Constitucional, y cuyo programa había sido instituido en Cuba por altos oficiales del Ejército de los Estados Unidos.

Mapa de las Escuelas Militares Camilo Cienfuegos en Cuba. Fuente: Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Fuente: https://www.minfar.gob.cu/escuelas-militares-camilo-cienfuegos.

Tampoco fue casualidad que tuvieran ese nombre. Camilo Cienfuegos, desaparecido prematuramente en 1959, personificaba la lealtad absoluta y la extracción humilde del combatiente revolucionario. Al bautizar así a estas escuelas, el Estado establecía un estándar ético y simbólico: el “Camilito” debía ser heredero directo de las virtudes del héroe. Al inicio, estos centros docentes acogieron a hijos de combatientes y familias de bajos recursos, funcionando como un mecanismo de justicia social y, a la vez, de captación temprana de talento para la oficialidad.

Estudiantes Camilitos rinden homenaje a Camilo Cienfuegos. Fuente: Prensa Latina (2024).

A diferencia de los preuniversitarios civiles, los Camilitos operan bajo un estricto régimen de internado militar. La vida diaria está regida por el Orden Interior, un código que disciplina cada minuto del estudiante.

Pase de Orden interior en uno de los albergues femeninos de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Capdevila. Fuente: Tribuna de La Habana (2023).

Desde el toque de diana al amanecer hasta el de silencio por las noches, el alumno se somete a una dualidad formativa. Por un lado, debe cumplir con el currículo nacional del Ministerio de Educación para la enseñanza media superior, pero con una exigencia superior en términos de estudio dirigido y resultados académicos. Por otro lado, se integra la Preparación Militar Inicial (PMI), que incluye táctica, infantería, tiro, reglamentos y estudios de armamento.

Práctica de tiro de los Camilitos. Fuente: CubaSi.

Esta estructura crea una simbiosis única. El Camilito no es solo un estudiante; es un soldado en formación. El uso obligatorio del uniforme verde olivo, que simboliza la anulación de las diferencias individuales en favor de una identidad colectiva estatal; el sistema de jerarquías internas, donde los alumnos destacados ocupan cargos de mando sobre sus compañeros; y la participación en ceremonias militares; van moldeando una psicología. La disciplina no se entiende solo como obediencia, sino como una herramienta de eficiencia académica.

Las EMCC, además, no son solo centros de entrenamiento físico. Estas instituciones han figurado entre las escuelas de mayor rendimiento académico en Cuba debido a varios factores:

  • selección rigurosa: para ingresar, los alumnos deben superar pruebas de aptitud física, exámenes médicos, entrevistas psicológicas y poseer un buen expediente académico;
  • concentración y recursos: como centros priorizados por las FAR, suelen contar con una base material de estudio superior a la media de las escuelas civiles —incluyendo laboratorios y bibliotecas—, además de una alimentación y logística más estable, un factor no menor en el contexto económico cubano; y
  • ambiente de estudio: el régimen de internado elimina las distracciones externas y fomenta el estudio colectivo: la cultura del “cumplimiento del deber” se traslada del campo de desfile a las aulas.

Aula-laboratorio en la EMCC de Cienfuegos. Fuente: 5 de septiembre (2023).

No obstante, el alto rendimiento académico no compensa la falta de libertad de pensamiento. Una educación que produce excelentes ingenieros o médicos, pero los supedita a una estructura militar rígida, no cumple con el objetivo integral de formar seres humanos plenamente desarrollados.

La educación de las EMCC está profundamente impregnada de una carga ideológica. La enseñanza de la Historia de Cuba, por ejemplo, se imparte desde una perspectiva de “defensa nacional”, donde la soberanía está ligada a la capacidad de resistencia militar.

Clase de defensa personal en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Las Tunas. Fuente: Periódico 26 (2023).

En el orden de lo sociológico, los preuniversitarios militares han servido como vehículo de movilidad social. Para una familia de una provincia periférica o de un estrato económico humilde, que su prole sea aceptada en los Camilitos es motivo de orgullo y garantía de futuro. El Estado garantiza al graduado una carrera universitaria en los Institutos Superiores de Enseñanza Militar, lo que asegura un empleo estable, seguridad social y una posición “respetada” dentro de la jerarquía estatal.

La identidad del Camilito se construye sobre el concepto de fraternidad. Los lazos creados durante los tres años de internado, compartiendo privaciones, ejercicios militares y guardias nocturnas, suelen durar toda la vida. De hecho, muchos de los ministros, directores de empresas estratégicas y altos oficiales pasaron por estas aulas, ya que ser Camilito es un sello de confianza política para el sistema.

Elián González como ejemplo de politización y “camilitocracia”. Fuente: El País (2012).

Para comprender a Cuba hoy, hay que entender también la importancia de las EMCC en la formación de la élite gobernante. El modelo cubano es, en muchos sentidos, una “camilitocracia” en sus niveles medios y altos. La formación militar previa a la universidad garantiza que el profesional —ya sea ingeniero, médico o administrador— comparta una cosmovisión común: la de la plaza sitiada, la importancia de la unidad de mando y la subordinación de los intereses individuales a los colectivos y estatales.

Encuentro del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, con estudiantes Camilitos. Fuente: Escambray (2021).

Este sistema de educación militarizada ha permitido al Estado cubano mantener un control social y una cohesión institucional que pocos sistemas han logrado sostener por décadas. Los preuniversitarios militares actúan como un filtro de lealtad: quienes no se adaptan al rigor o muestran disidencias ideológicas son rechazados antes de llegar a las posiciones de toma de decisiones.

Otro aspecto es la integración de la mujer en las EMCC. Aunque inicialmente eran instituciones masculinas, la incorporación de las féminas ha sido progresiva y exitosa. Las jóvenes Camilitos se someten al mismo rigor físico y académico que sus pares masculinos, desafiando prejuicios tradicionales sobre el papel de la mujer en las fuerzas armadas. Esta inclusión ha permitido a las FAR modernizar su imagen y aprovechar el alto potencial académico femenino para carreras técnicas complejas, como la ingeniería en comunicaciones o la medicina militar.

Entrenamiento físico mixto en la EMCC de Cienfuegos. Fuente: 5 de septiembre (2023).

A pesar de sus logros académicos, el modelo de las EMCC es bastante criticable. Observadores internacionales y sectores de la sociedad civil han señalado que la educación militar a edades tan tempranas (14-15 años) constituye una forma de militarización de la juventud.

Además, la rigidez del sistema puede limitar el desarrollo del pensamiento crítico divergente. En un ambiente donde la obediencia y la jerarquía son valores supremos, el cuestionamiento de dogmas políticos o estructuras sociales se ve inhibido. El adolescente, en etapa crítica de formación de su personalidad, es sumergido en un entorno de pensamiento único, donde la lealtad a la institución se confunde con el patriotismo.

Asimismo, el costo psicológico del internado es alto. La separación de la familia y la pérdida de las experiencias típicas de la adolescencia civil (ocio no estructurado, diversidad de círculos sociales) generan un individuo altamente eficiente en lo colectivo pero que puede presentar dificultades de adaptación en entornos no jerarquizados.

Tras el colapso de la Unión Soviética y el inicio del Período Especial en los años 90, las EMCC sufrieron carencias materiales profundas, pero la institución no sucumbió. Por el contrario, las FAR se convirtieron en el actor económico más poderoso de Cuba con empresas como el conglomerado militar GAESA. En este nuevo escenario, los preuniversitarios militares empezaron a formar no solo combatientes, sino también cuadros de gestión económica con disciplina militar.

Al presente, ante la crisis sistémica y el consiguiente éxodo migratorio que afecta, fundamentalmente, a la juventud cubana, las EMCC enfrentan el reto de mantener su atractivo. Para ello, el Estado ha incrementado la captación de jóvenes interesados en carreras de alta tecnología y medicina militar; áreas que ofrecen mejores condiciones de vida y profesionalización que el sector civil deprimido.

Muestra de tecnología con drones en la apertura del curso 2021-2022 en los Camilitos de Cienfuegos. Fuente: 5 de septiembre (2022).

Sin embargo, la educación no es un proceso neutro; sino el mecanismo mediante el cual las sociedades deciden qué tipo de individuo desean producir. En el siglo XXI, esta premisa se manifiesta en una tensión fundamental: por un lado, el modelo de “fortaleza sitiada” que caracteriza a los preuniversitarios militares en Cuba y, por otro, el paradigma de la “ciudadanía mundial” impulsado por la UNESCO. O sea, mientras las EMCC aúpan el patriotismo militar y la obediencia como las virtudes supremas del joven, los estándares de la UNESCO proponen la paz, el pluralismo y la resolución no violenta de conflictos como ejes de la educación moderna.

El modelo cubano de los Camilitos está diseñado bajo la doctrina de la “Guerra de Todo el Pueblo”. El estudiante de 15 años es visto como un eslabón en la cadena de mando nacional y su formación académica está subordinada a la necesidad de preservar un sistema político ante una amenaza externa percibida. La lealtad es, por tanto, el estándar de éxito.

Visita de Raúl Castro Ruz y Miguel Díaz-Canel a los Camilitos de Mayabeque. Fuente: Cubaperiodistas (2018).

En contraste, la UNESCO define la educación como un medio para formar ciudadanos mundiales. Este concepto no exige lealtad a un Estado ni a un ejército, sino a la humanidad en su conjunto. Según el máximo organismo regulador de la educación a nivel global, los estudiantes deben desarrollar competencias para comprender la interdependencia global y actuar éticamente más allá de las fronteras nacionales.

En resumen, el modelo cubano fomenta una identidad basada en la diferenciación y la resistencia frente a un “enemigo”; mientras la UNESCO promueve el reconocimiento del “otro” y la cooperación transnacional como base de la paz duradera.

Estudiantes Camilitos armados. Fuente: Cubamilitar.

Otro aspecto fundamental es el fomento del pensamiento crítico y la autonomía. La educación para la paz requiere que el estudiante sea capaz de cuestionar las estructuras de poder, identificar prejuicios y participar en debates plurales. Por ello, la pedagogía sugerida por la UNESCO es participativa, horizontal y dialógica.

Empero, el modelo de los preuniversitarios militares en Cuba opera bajo una lógica inversa. El Orden Interior y el régimen disciplinario militar de las EMCC premian la verticalidad y el cumplimiento de órdenes sin dilación. En este entorno, el cuestionamiento de la autoridad o de la línea ideológica oficial no solo es pedagógicamente incorrecto, sino incluso sancionado como falta de disciplina militar. De este modo, se corre el riesgo de crear sujetos pasivos ante el mando, lo cual resulta contrario a la formación de ciudadanos democráticos capaces de prevenir el autoritarismo.

Para la UNESCO, la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino un estado de justicia y equidad que se construye mediante la educación emocional y la empatía. Los estándares internacionales exigen que las escuelas enseñen a resolver conflictos a partir de la mediación y el diálogo, reduciendo el papel de las fuerzas armadas en la vida civil.

Pero, en el preuniversitario militar cubano, la paz se entiende como la capacidad de disuadir al enemigo mediante la preparación para la guerra. El currículo de los Camilitos incluye tiro, táctica y manejo de armamento; es decir, una introducción a menores de edad en la cultura de las armas —aunque sea en un contexto escolar— que, para la UNESCO, representa una forma de “militarización de la infancia y la juventud” que normaliza la violencia como herramienta política. Mientras la UNESCO busca desarmar las mentes, el modelo cubano las acoraza.

Estudiante de una Escuela Militar Camilo Cienfuegos en clase de tiro. Fuente: CubaSi.

A lo largo de sesenta años, las Escuelas Militares han demostrado ser una pieza maestra en el engranaje represivo de la Revolución. Mientras el uniforme verde olivo siga siendo el símbolo de autoridad y estabilidad en la Isla, los Camilitos continuarán siendo el semillero donde se cultiva la identidad del Estado en términos de instrucción y control, logrando formar cuadros disciplinados para el sostenimiento de un orden estatal. Sin embargo, desde la óptica de la Cultura de Paz de la UNESCO, este modelo constituye una regresión desde el momento en que prioriza la preparación para el conflicto sobre su resolución, la obediencia sobre la crítica y el nacionalismo militarista sobre la ciudadanía global.

Por lo antes descrito, OLA-Cuba considera indispensable que para que la educación cubana se acerque a los estándares internacionales de paz, deberá evolucionar de un modelo de soldados-estudiantes a uno de ciudadanos-críticos. Mientras la formación siga ligada al fusil y al mando vertical, Cuba seguirá produciendo una vanguardia incapaz de construir una paz basada en el pluralismo y en los derechos humanos universales.

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