NOTA DE PRENSA N° 265
Insuficiente inversión estatal en el sector educativo en Cuba. Precarizar el presente y anular el fututo.
La educación, como pilar fundamental del desarrollo de cualquier sociedad, debería ser siempre un sector prioritario para todos los países. En el caso de Cuba, este tema ha sido esgrimido por el Gobierno en su retórica de política internacional como uno de los principales logros de la Revolución desde 1959.
En los primeros años del Gobierno Revolucionario, se impulsó una campaña de alfabetización y se erradicó la enseñanza privada, tanto laica como religiosa. Si bien estas acciones garantizaron, inicialmente, mayor accesibilidad a la educación en todos sus niveles, las intenciones gubernamentales y sus consecuencias no siempre han sido positivas.
Las inversiones en el sector educativo no solo respondieron a una voluntad de desarrollo social. Las aulas se convirtieron en focos esenciales de adoctrinamiento político y quienes no cumplieran los estándares “revolucionarios” impuestos por el Gobierno vieron restringido su acceso a ellas. Esto rige hasta hoy tanto para el personal docente como para el estudiantado.
Asimismo, la masificación de la enseñanza proyectó una imagen hacia el exterior de desarrollo social e incluso de crecimiento del PIB dentro del índice de bienes y servicios. Este discurso caló hondo en los países latinoamericanos y del Caribe, para los que Cuba se convirtió en un punto de referencia. También ha servido para sostener el discurso de la excepcionalidad cubana por parte de la izquierda europea, altamente influyente en la política exterior del bloque en espacios decisorios internacionales.
Precariedad material
Sin embargo, el colapso del campo socialista en Europa, la caída de la Unión Soviética y la consiguiente crisis económica visibilizaron las grietas en el sistema educativo cubano y en su infraestructura.
Uno de los mayores problemas en aquella época fue el éxodo del personal docente hacia otros trabajos, ya fueran en el sector privado o estatal, debido a los bajos salarios, la falta de transporte y la desmotivación emocional, entre otros factores. De tal modo, de los 233 415 maestros integrados al curso 1990-1991, solo quedaron 197 598 en la promoción correspondiente a 1998-1999. El déficit de profesores influyó directamente en el empeoramiento de la calidad de las clases y, por tanto, en la formación de los alumnos.
Según datos consignados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), si en 1989 el presupuesto asignado a la educación había sido de 1 664 millones de pesos, en 1998 había disminuido más de 40%, con apenas 964 millones. El drástico decrecimiento del monto destinado al sector educativo en Cuba afectó con creces, además, los materiales de apoyo, la alimentación escolar y la infraestructura física de las escuelas en todos los niveles.
Desde entonces, estos problemas no solo no han sido resueltos, sino que se han agravado.

Tabla 1. Gasto público en educación en Cuba (1980-2022).
Fuente: https://datosmacro.expansion.com/estado/gasto/educacion/cuba.
A pesar de que los datos de la Tabla 1 muestran una recuperación en la primera década del siglo XXI, los años posteriores vuelven a evidenciar un decrecimiento. De hecho, la ministra cubana de Educación, Naima Trujillo Barreto, afirmó en noviembre de 2025 que el porcentaje del PIB asignado a la educación en el país era de 7%, con más de 20% del presupuesto estatal destinado al sector educativo general; solo superado por los ingresos estipulados para la salud.
Si bien países desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) como Luxemburgo, Noruega, Dinamarca e Islandia, invierten más en términos totales en la educación, Cuba sobresale en porcentaje del PIB; lo que la sitúa entre las naciones con mayor inversión educativa del mundo en términos relativos. Sin embargo, esto no es suficiente para superar las carencias en la infraestructura educativa acumuladas durante las últimas tres décadas.
Según informes recientes, más de 60% de las escuelas en Cuba requieren reparaciones significativas. En muchas localidades, los centros educativos presentan condiciones precarias: techos en mal estado, falta de agua potable, de baños, escasez de mobiliario, mala alimentación, estructuras en peligro de derrumbes parciales o totales, entre otros aspectos. Esta situación afecta el entorno físico en el que aprenden los estudiantes e influye en su motivación y rendimiento académico.

Derrumbe parcial del techo de un aula en la escuela secundaria básica Julio Antonio Mella, en Caibarién (Villa Clara), que lesionó a una estudiante. Imagen: CiberCuba (2023).

Letrinas en una escuela rural en Sagua de Tánamo (Holguín). Imagen: Diario de Cuba (2023).
Por otra parte, la falta de recursos didácticos aumenta cada día más. A pesar de que el Gobierno ha intentado implementar programas para modernizar el currículo y actualizar los materiales educativos, la escasez de libros de texto, tecnología y otros medios de apoyo sigue siendo un obstáculo importante. Las aulas carecen de herramientas básicas como proyectores, computadoras y acceso a Internet, lo cual limita las oportunidades de aprendizaje y dificulta la implementación de metodologías pedagógicas más dinámicas e interactivas.

Libros de texto en mal estado para los estudiantes cubanos. Imagen: CiberCuba (2022).
La crisis presupuestaria también abarca al personal docente, cada vez más menguado y con dificultades para su capacitación. Muchos educadores carecen de acceso a programas de actualización que les permitan mejorar sus habilidades pedagógicas y mantenerse al día con las nuevas tendencias educativas. Esto resulta en una enseñanza estancada, con metodologías obsoletas y que no responden a las necesidades del siglo XXI.
Alarmantemente, la desmotivación entre los docentes sigue siendo en los últimos años un fenómeno in crescendo. Los bajos salarios, que no han sido ajustados a la inflación y al costo de vida, llevan a los maestros a buscar oportunidades laborales en otros sectores o incluso a emigrar. A este fenómeno se suma la desmotivación de los jóvenes para cursar carreras pedagógicas e insertarse como profesores en las escuelas.
De tal modo, el curso escolar 2024-2025 atestiguó un déficit de 26 871 maestros a escala nacional. Para el presente año, los centros educativos de provincias como La Habana y Sancti Spíritus evidencian un escenario complejo al no haber podido cubrir una de cada tres plazas necesarias. Esta situación conlleva aulas sobresaturadas de estudiantes y la asunción de una mayor carga docente por parte de los pocos maestros disponibles, quienes se ven incapacitados de proporcionar a los estudiantes una atención dirigida.
Las desigualdades regionales constituyen otro aspecto crítico. Las zonas rurales y las comunidades más desfavorecidas suelen enfrentar mayores carencias de infraestructura y recursos educativos. A menudo, los estudiantes se ven obligados a desplazarse largas distancias para asistir a clases, lo que constituye motivo de abandono escolar.

Escuela rural improvisada en la Coloma (Pinar del Río). Imagen: AFP (2022).
A todos estos aspectos se suma la crisis estructural que atraviesa al país en el último lustro, con una inflación galopante, falta de alimentos, agua potable, medicinas, transporte, combustibles para cocinar y largos cortes eléctricos que afectan de manera directa a los alumnos y al personal docente por igual. Pese a las cifras del PIB invertido en educación, cabe cuestionarse la utilidad real de ese dinero ante la magnitud de las dificultades. La respuesta a tal interrogante llega, por ejemplo, en el bajo rendimiento académico, respaldado por las malas notas y suspensos en los exámenes de ingreso a la educación superior.

Captura de pantalla del muro de Facebook del grupo Madres cubanas por un mundo mejor. Imagen: CiberCuba (2024).
Asumir el encargo social
Si se quiere mejorar la educación en Cuba, es imprescindible aumentar la inversión pública en la infraestructura escolar. Esto conlleva no solo a reparar los espacios físicos existentes, sino a construir instalaciones adecuadas para garantizar un entorno seguro y propicio para el aprendizaje.
El Gobierno debe, además, priorizar la adquisición de recursos didácticos modernos y tecnología educativa. Es decir, proporcionar acceso a libros actualizados, material audiovisual y herramientas digitales que faciliten una metodología funcional; al contrario de invertir los exiguos recursos disponibles en producir libros de textos cargados de ideologización, alejados de las prácticas respetuosas por las que se mide la calidad de la instrucción en el entorno global.
Un tema importante y que no debe seguir siendo postergado es la revisión de las políticas salariales y el ofrecimiento de incentivos que reconozcan el trabajo del personal docente. A su vez, deberían implementarse programas de apoyo psicológico y profesional para ayudar a los maestros a afrontar sus desafíos laborales.
De igual modo, correspondería que parte del PIB destinado a la educación fuese empleado en desarrollar políticas específicas para eliminar las desigualdades regionales. Urge garantizar que todas las comunidades tengan un acceso equitativo a los recursos educativos y oportunidades académicas, máxime cuando ya han desaparecido escuelas rulares a lo largo del territorio nacional.
Por mucho que el gobierno cubano trate de ocultar a nivel mundial las carencias del sistema educativo nacional, los problemas agudizados en esta última etapa son un reflejo de los desafíos más amplios que enfrenta el país desde la década de 1990. El deterioro de la infraestructura, la falta de recursos didácticos, la desmotivación docente y las desigualdades regionales son problemas interconectados, no resueltos desde hace más de treinta años, que requieren atención urgente para garantizar un acceso real a una educación de calidad y, con ello, rehabilitar a la enseñanza como herramienta clave para la movilidad social de los cubanos. Invertir en educación no solo debería quedarse en números fríos y escenificación política; es un gasto que tributa tanto al presente como a la posibilidad de progreso real para reinsertar a Cuba en el concierto de naciones civilizadas y competitivas a partir de las capacidades de sus recursos humanos.